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| Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) |
REFLEXIONES AL SUR PATRIMONIO Y GLOBALIZACIÓNGraciela G. Telleria, Juan Pedro Dillon(Argentina) Introducción
La
oportunidad que presenta la realización de los Encuentros de Ciudades
Históricas (Toledo) y Patrimonio intangible, (Pamplona), nos sirve para
reflexionar sobre un punto que consideramos básico para la temática
patrimonial que nos ocupa y preocupa. Es el de la Identidad, entendida
desde el punto de vista del construccionismo social, como auto-referencia
y contra-referencia; es decir: una diferenciación cultural nacida, en términos
lingüísticos, del ser-uno, en el ser-otros del contexto. Es interesante
citar en este punto y con relación a los dos temas motivo de estos
encuentros: a) el patrimonio intangible, (como parte de la cultura de un
pueblo), y b) la condición histórica de la ciudad como hecho urbano. ¿Cómo
se plantea hoy el fenómeno de la cultura y la identidad en un universo
globalizado? Cuán difícil resulta hoy comprender los fenómenos científicos
que desde una escala cósmica a la más pequeña de las partículas,
define la vida cotidiana de cada individuo y de cada sociedad. Hoy toda
nuestra tecnología se basa en fenómenos que exceden la física clásica
que nos resulta conocida. La generación de computadoras que comenzamos a
usar, así como la próxima oleada de transporte ferroviario, se asienta
en la negación del modelo clásico de átomo, con partículas girando
alrededor de un núcleo. La tecnología de los superconductores,
justamente niega este principio fundamental de la ciencia ahora antigua
para reemplazarlo, no ya por una física cuántica que es una clásica
disciplina del 1910, sino por un modelo, donde estas partículas actúan
apareciendo y desapareciendo de acuerdo a ordenes implícitos y explícitos
contenidos en la conciencia propia de los elementos. El universo de
causa-efecto, sólo existe ahora para casos particulares, y ésta es la
nueva ciencia que aprenderán nuestros hijos. No estamos hablando de un
universo relativo, sino también interactivo; de donde cada acción creará
una multiplicidad de acciones posibles. Un universo donde jamás
entenderemos que la causa será, en definitiva, un resultado del efecto.
Nadie nos ha preparado para esto. O al menos es lo que creemos. La
identidad, es un concepto asimilable a esta cuestión. Pretendemos, con un
ejemplo muy pequeño, guiarlos en una serie de reflexiones que nos lleven
de lo cotidiano a lo conceptual. Un
universo personal, infancia y juego adulto
Tres
palabras mencionadas en este primer planteo (cultura, patrimonio e
identidad), nos refieren en nuestro caso a una charla divulgativa del
arquitecto Carlos Pernaut (hace ya veinte años), la cual determinó
nuestro compromiso definitivo con la gestión del patrimonio y el ICOMOS,
compromiso que habíamos asumido en su momento, únicamente como docentes
desde la Historia de la Arquitectura y la Morfología Urbana. Simplificando
al extremo los conceptos vertidos en aquella charla[1],
el arquitecto Pernaut hablaba de la cultura y el patrimonio de un pueblo
como elementos fundamentales para la definición de su identidad. Lo que
nos resultó interesante es que no fue planteado como una correspondencia
lineal o circular (donde la cultura define un patrimonio, la acción y
reacción ante éste una identidad y ésta a su vez determina una
cultura); sino que se abría a una interacción múltiple, “un juego”
entre todos esos conceptos. Para ese momento, en el ámbito local, apenas
se tenía conocimiento de los conceptos introducidos por Kuhn
a través de los paradigmas, considerados como “condición
positiva de la posibilidad de progreso científico y a la vez, como
condición de la interpretación relativa de este mismo” [2].
Este planteo que podría resultarnos contradictorio, (certeza y
relatividad), no hacia mas que enfrentarnos a una realidad
inconmensurable, (al igual que plantea Kuhn los paradigmas de la ciencia y
su progreso posible [3]),
de la única manera posible: a través de un juego. Pero, ¿qué
significado tiene en realidad un juego y por qué se torna imprescindible
frente a los conceptos que planteábamos al comienzo? Sencillamente porque
estos “pertenecen“ a determinadas formas de vida, y están
entrelazados con actividades y formas de interpretación del mundo
determinadas y por consiguiente válidas a priori [4].
Un juego no puede ser cuestionado por la praxis tradicional, ya que
aceptamos a priori que son ciertos como condición de la posibilidad de
jugar. Por ende son “modelos“, criterios a aplicar, praxis
experimental de cuyos resultados se espera que sean verdaderos o falsos. Pero,
¿qué sentido tiene experimentar con un juego que puede resultar falso o
verdadero, frente a un tema como la identidad? La respuesta a esto se
encuentra en el hecho de que la participación de un observador (en este
caso un especialista) se transforma en actor, modificando en ciertos
aspectos un experimento (o experiencia de gestión), de tal manera que
altera la relación causa-efecto, siendo en muchos casos su efecto la
determinación de la causa. Esto, relacionado con el principio de
incertidumbre, es una realidad cotidiana a la cual nos enfrentamos; y
donde nuestra intervención como especialistas modifican el fenómeno que a
priori, queremos conservar. La imposición de técnicas, metodológicas,
instrumentos y registros, no surgidos del mismo cuerpo de la experiencia,
son la contra-referencia necesaria para definir la auto-referencia, pero
no la referencia en sí. Sin
embargo, dentro de este juego lingüístico, este hecho de descentrar a lo
Derrida, de jugar, quita la importancia al observador y la remite al
juego, y por ende a la experiencia. Toda experiencia en sí es un hecho de
construcción y de deconstrucción. Un juego de opuestos, donde su
alternancia en el centro de atención nos permite remitirnos desde la
cotidianeidad a la trascendencia y viceversa, en un logos que en
definitiva asemeja al “ser“, a la identidad, única y compleja a la
vez. El establecer un juego con reglas a priori, que defina a éste como
un modelo posible, dentro de una multiplicidad de modelos (juegos)
posibles, nos permite incorporar nuestra acción sin modificar la
experiencia. Esta necesaria toma de conciencia del verdadero rol del
especialista, ser parte pero no motivo de la intervención, es el primer
punto que queríamos plantear. El
Universo adolescente, multiplicidad, caos y orden
El
segundo punto, hace a la comprensión y deviene justamente de la
multiplicidad antedicha. La multiplicidad de juegos, unida a la
multiplicidad de diferencias en las formas de vida (culturas, sub-culturas,
etc.) podría tornar imposible la comprensión de formas de vidas extrañas
a nosotros, de igual manera que nos podría resultar lingüísticamente
imposible comprender a un león aunque este hablara. Lo que queremos
plantear con esto es que, como dice Heidegger, no existe un “concepto
originario de la verdad”. No
basta con “ser” (universal), sino
con ser-ahí; lo cual nos lleva nuevamente al concepto de lo relativo (a
la ocasión, a un tiempo) y nos introduce a uno sumamente importante, el
de pertenencia. El ser parte (del juego) y no propiedad (una delimitación
característica) que nos devuelve, desde otro argumento, la posibilidad de
pronunciar juicios o
aserciones, ya sean ciertos o falsos. Sin embargo, este juego de
incertidumbre que puede devenir en falsedad, no debe confundirse con una
anarquía o un caos. De alguna manera, estamos construyendo un cosmos,
definido y preclaro, al cual sabemos identificar a partir de saber emitir
las preguntas posibles y evaluar las respuestas correspondientes. Esto, al
final, plantea la conclusión
del principio (y aquí jugamos con los postulados lingüísticos
descritos), en el sentido que los resultados de una experiencia, dependen
de horizontes de sentido o interrogación paradigmáticos. Esta visión,
hoy por hoy, parecería contraponerse a la intención de generar
documentos globales o cartas a las cuales parecemos ser tan afectos. Sin
embargo, estas, a poco de ser leídas, se muestran como las redactoras de
las leyes del juego, pero no como el juego en sí. En caso de establecer
una crítica, quizás deberíamos reflexionar sobre si nosotros mismos no
quedamos prisioneros del juego, transformándonos en una experiencia de la
experiencia. Aislados de nuestro propio juego, obviamente dejaremos de
jugar otros juegos o jugaremos con reglas impuestas por juegos exógenos. El universo y la
adultez, ética, moral y política
Es
esta imposición de reglas la que nos lleva al tercer punto que queríamos
plantear. El formular reglas en esta multiplicidad de juegos no solo esta
ligado a la capacidad, sino a la moral y la ética; la cual debería
devenir en la práctica en la política como praxis social. El hecho de
asumir responsablemente esta práctica de la política y políticas, nos
enfrenta a la doble condición de técnico y hombre político que actúa
en esta “polis lúdica” que nosotros mismos hemos generado. Entonces,
¿cómo mantener la ecuanimidad en un contexto que se vuelve cada vez más
político obviando políticas? No cabe duda que la política como pathos
y praxis, constituye la esencia del “ser-político” y por consiguiente
éste es ética y moralmente responsable del modelo propuesto. La ausencia
de esta responsabilidad básica, transformará cualquier experiencia en un
hecho (facto) aislado y conducente únicamente a sí mismo. Se establecerá
como objeto, vacío en la actitud del no-ser, impuesta por los modelos de
ser-otros, especulando en la crisis moral y política que surge del
sometimiento a los modelos exógenos. He aquí la cuestión básica que
queríamos exponer dentro de la política.
La imposición de políticas globales a partir de modelos probados, pero
no contextuales o diferenciables culturalmente, puede transformar
una factibilidad positiva en una destructiva o al menos negativa.
Este modelo se establecerá como destructiva, a partir de establecer un
orden desligado del caos necesario para el desarrollo de la cultura (lo
inconmensurable, lo intangible), y por ende caja de resonancia de la
identidad. La presión recibida en muchos ámbitos para adecuarse a
modelos válidos para unos, pero exóticos para otros, en ocasiones se
torna homicida. La posibilidad de salvar el patrimonio urbano, cultural o
natural, a veces parece verse comprometida por una necesidad de salvar los
modelos y no justamente el patrimonio. En
definitiva, no es necesario que reiteremos a algún especialista, la
necesidad de rescatar un pueblo para rescatar el patrimonio. Pero, quizás
sea necesario reforzar la propia identidad de los especialistas que se
encuentran atrapados en el dilema entre el ser y no-hacer. El universo urbano,
volviendo a casa
Hemos
hablado de paradigmas y modelos a partir de la identidad (diferenciación
cultural) sin establecer su correspondencia con la ciudad, con lo urbano.
Conceptualmente, ambas son reflejo
una de otra, por el mero hecho de ser construcción y de-construcción. A
lo largo de toda la historia del ser humano como generador de hechos
urbanos, este ha sido construido, deconstruido, transformado, modificado,
armado y rearmado de manera tal que el ámbito urbano se ha definido como
una creación propia y original, frente al contexto natural del entorno
eco-sistémico. El hecho urbano en sí lo podemos asimilar a un acto de
autoreferencia, de identificación. La decisión cultural de separarse del
medio natural no puede definirse por la simplificación del proceso
evolutivo darwiniano. La condición volitiva de asociación en
clanes, tribus, grupos y sociedades, necesita del principio de identidad
para crearse a sí mismo y de la creación del concepto tecnología,
(aunque rudimentaria) para
sustentarse. Estamos hablando de recrear un universo en un cosmos ordenado
a imagen y semejanza de un creador humano que transforma al medio natural
inconmensurable en un caos acotado al mismo caos. Será en principio la
religión, la encargada de establecer un vínculo con este incomprensible
universo que se transformará en un universo místico, pero estable.
Construirá una imagen cultural aprehensible de ese universo; en
definitiva: un modelo. La ciudad, el hecho urbano, será la imagen física
del modelo del orden caótico, presentada frente al caos ordenado de
lo incógnito, lo
natural. De este modelo se nutrirá la filosofía (seguidora de la religión
en este sentido), transformando a la ciudad en un ámbito generador,
tanto en la construcción de modelos de pensamiento, como así
también en la lingüística de estos modelos. A su vez la ciudad se
nutrirá de esos mismos modelos culturales que la ciudad creará como
contra-referencia, (contra-cultural, sub-cultural, para-cultural, etc.),
creando nuevos modelos físicos de autoreferencia (horizontes urbanos).
Habremos creado entonces, a partir del hecho urbano, no sólo una
identidad propia, sino también un lenguaje propio y, hasta modelos
(naturales, religiosos, filosóficos, ideológicos, etc.) alternativos,
los cuales serán la génesis de otros nuevos horizontes. Este mismo hecho
será el generador de la multiplicidad necesaria para crear la unicidad
necesaria (no sabemos que es único sino tenemos algo que es múltiple).
Es por lo tanto necesario ser conscientes de la complejidad de lo urbano y
establecer la multiplicidad de esta complejidad (infinitos modelos
urbanos) para poder identificarnos de este contexto, en este contexto. El universo en agonía,
la identidad ausente
El
modelo de globalización en boga, implica necesariamente una profundización
de la identidad y por ende de la diferenciación cultural para ser
sustentable en los ámbitos iberoamericanos. Esta cuestión es pocas veces
comprendida, transformando la aplicación de modelos en un acto casi
religioso que nos remite al ordenamiento de un universo que como habíamos
dicho es justamente al cual no pertenecemos (el caos ordenado por la mística).
Recordemos el principio básico de toda religión: Dios es un ser mas allá
del ser, es decir no es uno mismo. El peligro se presenta entonces al
transformar metodologías válidas en ritos y dogmas vacíos de contenido.
Lamentablemente, esto a veces sólo se torna evidente ante la consumación
del hecho. Nos encontramos entonces en el mismo punto que planteábamos al
discurrir sobre la política; y éste es el cuarto y último punto que
queríamos plantear: la validez de los conceptos que hemos de aplicar en
la gestión del patrimonio. Se presenta una crisis entre la teoría y la
praxis, frente a los resultados en circunstancias bien determinadas. ¿Estamos
negando la validez de la Cartas de ICOMOS? No; de igual modo que los
principios religiosos satisfacen las necesidades humanas, éstas lo hacen
con las necesidades patrimoniales. Sí es criticable el mal uso de éstas,
lo cual no es una falla de ellas, sino de la forma de aplicación. La
adecuación de los principios de conservación y preservación a las políticas
económicas globales, como decíamos, solo puede ser válida a partir de
la diferenciación cultural, como medio de auto-referencia de esa
identidad. El patrimonio solo puede considerarse un recurso teniendo
presente que éste es el primer recurso de la identidad. Si aceptamos la
transformación del patrimonio en un mero recurso económico,
especulativo, agotamos su valía como recurso de diferenciación cultural,
creando contradicción y no-multiplicidad. Es decir, no estamos aportando
variantes, (sustentabilidad), sino negando la esencia del patrimonio
(identidad cultural). Corolario Reflexionar
implica, de alguna manera, asumir una actitud de respeto frente a un
determinado hecho. Las cuatro cuestiones planteadas: la conciencia del
papel del especialista en la experiencia patrimonial; la comprensión
sincera de la diversidad del medio físico y cultural; el contexto ético,
moral y político del especialista y la complejidad y contradicción de
los distintos modelos de aplicación; son aspectos particulares y a la vez
globales de la actitud que asumimos frente al patrimonio. Debemos ser
conscientes de este hecho, ya que las contradicciones que se generarán en
cada uno, proyectarán su contradicción al contexto, y por ende al
patrimonio. También es evidente que esas mismas contradicciones pueden
ser detectadas y corregidas por el mismo modelo, creando a su vez nuevos
modelos. Lo que en nuestro concepto no es permisible, siendo
especialistas, es transformarnos nosotros mismos en agentes
contradictorios dentro del patrimonio, ni permitir la utilización de
instrumentos, metodologías y doctrinas, fuera del contexto para las que
fueran creadas: esto es, la identidad cultural y el patrimonio. Las
formas, ocasión, alcance y definición deberán surgir de la reflexión,
discusión y concordancia del sujeto y objeto, del contexto y el
individuo, del grupo y la condición de unicidad y multiplicidad de la
expresión patrimonial y cultural. La
aplicación de técnicas globales de un malentendido planeamiento estratégico,
nacidas del marketing, cuyo objeto es colocar en el mercado un
“producto“ de vida útil limitada, es una contradicción
evidente al aplicar esto como doctrina y no como instrumento de
inserción mediática. Olvidamos muchas veces que el motivo del mercadeo
es el recambio de productos en un medio para la generación de ganancias.
¿Cuántas veces entonces deberemos cambiar el destino, uso, función,
aspecto, etc., de un bien para adecuarlo a este concepto?. Si usáramos un
burdo símil familiar, diríamos que no podemos momificar a nuestra
abuelita, pero tampoco obligarla a ser una diosa del fashion, del fitness
y del sexo. También
este planeamiento estratégico es resultante de técnicas militares.
Aspecto que resulta contradictorio al comprender que éstas disponen los
medios para alcanzar un objetivo particular y el sostenimiento de esta
posición. Válido como método ordenado de acción, ninguna estrategia
militar propone la interacción constructiva entre objeto y sujeto al
cual, en definitiva, considera un medio sacrificable para el logro de un
fin. En ella el contexto es considerado un instrumento o recurso al cual
aplica una logística a expensas del propio medio. Es evidente que todos
los elementos para el tratamiento del patrimonio se encuentran allí, pero
definidos y ordenados en un modelo extraño al modelo patrimonial. En
esto, hoy por hoy, se palpa la sensación de que la gestión del
patrimonio consta de dos aspectos bien diferenciados y una gama de grises
que se diluyen entre estos dos extremos. Por un lado los ardientes modelos
económicos globales, extraños a la identidad cultural, y por otro, la fría
rigidez conceptual, a veces sectaria, otras burocrática, muchas
narcisista. Entre estos dos frentes de trinchera, una tierra de nadie que,
como suele ocurrir, muestra los mayores actos de heroísmo y cobardía de
los especialistas, apenas armados con cartas y manuales de procedimiento.
En definitiva: llanos actos de la condición humana. Hemos
querido terminar estas reflexiones, justamente con la imagen de un campo
de batalla, por la continua referencia de los especialistas a la “lucha
por el patrimonio”. Creemos que el patrimonio histórico iberoamericano
no merece ser campo de batalla y menos de potencias extranjeras, ya que
todo campo de batalla termina siendo un terreno yermo, árido, espectral.
En esto, los muertos son tumbas y los héroes, monumentos. Ni unos ni
otros están vivos... Nuestra
última reflexión es, entonces, defender el carácter vital y sensible
del patrimonio. Nuestro deber es rescatar la vida en todos y cada uno de
aquellos que han construido su identidad cultural que en un modelo
globalizado debiera ser parte de la identidad cultural de,... todos y cada
uno. No asumir esta responsabilidad y dejar que la multiplicidad cultural
muera frente a modelos que no la aceptan, pero que no integran a estos huérfanos
culturales, solo traerá consecuencias que ya hemos sufrido, pero nunca
superado (racismo, temor, inconsistencia). Hoy la extinción de un modelo
cultural puede significar, en un modelo globalizado, un impacto no
asimilable; al igual que la pérdida de la diversidad biológica puede
extinguir a la raza humana. Hoy
todos estamos indisolublemente ligados a partir de que la física de David
Böhm nos ha demostrado que las mismas partículas constitutivas del
universo son más conscientes que nosotros, al actuar en correspondencia
entre similares aunque las separen años luz de distancia. Somos quizás más
numerarios en nuestros conocimientos, pero no nos hemos transformado en más
sabios. Aún somos, culturalmente y como hombres, lobos del hombre; sin
asumir que, muerta la manada, muerta la esperanza y muerta la vida. Quizás,
o como siempre, nuestra mayor sabiduría sea el ejemplo tan amargo, pero
tan vivo, de las palabras que surgían del poeta
al enfrentar a ese lobo-hombre, devorador de sueños e ideas: “...
tu dices que me matas, yo digo que te suicidas...”. [1] Carlos Pernaut, Cultura, Patrimonio e Identidad, Asociación de Arquitectos de Junin, Pcia. De Buenos Aires, Argentina, 1987. [2]
M. Masterman, The Nature of a Paradigm, en Criticism and the Growth of
Knowledge, Lakatos & Musgrave Eds., Cambridge, 1970 [3] Apel, Karl-Otto, Autocritica o autoeleminacion de la filosofia en “ Hermeneutica y Racionalidad “, G. Vattimo. [4] Apel, Karl-Otto, opus cit.
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