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| Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) |
EL PATRIMONIO INTANGIBLE Y LA GESTIÓN Y CONSERVACIÓN DE LAS CIUDADES HISTÓRICAS IBEROAMERICANASRocío Marcela Acosta Chávez(México) Daré
inicio a esta presentación en la que intento hablar un poco sobre el
papel tan importante que desempeña el patrimonio intangible en la
conservación y gestión de las ciudades históricas iberoamericanas, con
una frase de Giandomenico Amendola contenida en su libro “La Ciudad
Postmoderna”: "Los
encantos de la ciudad, las historias y las leyendas representan una parte
importante de sus acciones de auto-representación". Todas
las ciudades son poseedoras de valores inmateriales que le dan sentido al
orden espacial y a la vida de sus habitantes, independientemente de la razón
y circunstancias por las que hayan sido fundadas. Lo intangible, se vuelve
tangible cuando las identidades se materializan en la traza de las
ciudades, su arquitectura y los elementos que la acompañan; los cuales,
al verse dotados de sentido mediante las fiestas, las costumbres, las
tradiciones, ritos, creencias y demás elementos, constituyen espacios
culturales con características propias igualmente presentes en cada uno
de sus habitantes. El patrimonio tangible e intangible, se ha enriquecido
y también ha perdido elementos en la medida en que ha sido escenario de
acontecimientos que han dejado testimonio en ambos terrenos. Un ejemplo
claro claro de lo cual lo constituyen las ciudades históricas
iberoamericanas por la naturaleza de sus orígenes. La
ciudad de San Luis Potosí, en el centro de México, se funda a raíz del
descubrimiento de sus minas de oro y plata, cerca de donde se ubicaba el
puesto de San Luis, en un lugar habitado por grupos de indígenas seminómadas
llamados huachichiles. Previa a la fundación de la ciudad, fue necesaria
la pacificación de los huachichiles, para lo cual se trajo gente de otros
grupos indígenas como tlaxcaltecas, otomíes y tarascos, entre otros,
para que se mezclaran y se establecieran. Con estos grupos y con el
grupo de los españoles se formaron un centro,
asiento de los españoles y sede de los poderes, y siete pueblos
con mestizos, indios y mulatos, conocidos hasta nuestros días como los
siete barrios. Cada
uno de estos pueblos estuvo dedicado a distintas actividades, y tenía sus
patronos y fiestas; es decir, cada uno poseía identidad propia. Así, los
había dedicados a la horticultura, al corte de leña y elaboración de
carbón; de tejidos, zapatos y sombreros; a la construcción y al
beneficio del mineral. Los siete pueblos, hoy barrios, tenían sus
parroquias con sus pequeñas plazas que constituían el espacio cultural
en el que reprodujeron su cultura a lo largo de tres siglos. Dicen los
cronistas que la ciudad y sus pueblos eran ejemplo de orden y limpieza,
había agua suficiente para mantener los huertos llenos de frutas y flores
y que la ciudad llegó a ser conocida como la ciudad de los jardines. Hoy
en día en San Luis Potosí seguimos encontrando los siete barrios pero éstos
han sufrido transformaciones en su traza urbana y en muchos monumentos que
servían como marco para sus festividades o que constituían un símbolo
que ayudaba al refuerzo y transmisión constante de sus tradiciones.
Encontramos un ejemplo claro en barrio de Tequisquiapan, cuya parroquia
tuvo que ser derribada para la ampliación de una calle que hoy es la
avenida principal de la ciudad moderna y es el barrio menos conservado y
en el que la fiesta tradicional no guarda semejanza con las descritas en
los libros. La
exposición constante a la degradación, al deterioro y al cambio del uso
de los espacios impide la reproducción de las formas de convivencia
social de los habitantes de las ciudades. Al igual que la globalización,
el concepto mal entendido del progreso trae como consecuencia la disolución
de las identidades particulares de los grupos sociales que habitan un
espacio urbano. Las ciudades van creciendo y van absorbiendo los centros
históricos y los barrios y muchas veces los devoran; por ejemplo, en la
representación de las festividades típicas de los barrios, con sus
paseos, bailes y procesiones, la ciudad parece haber borrado las huellas
por donde debían ir las procesiones, peor aún, parte del recorrido es
ahora ocupado por edificios con una arquitectura que ni siquiera se adapta
y que agrede el entorno. Otro
problema que enfrentan muchas ciudades históricas, sobre todo aquellas
que han experimentado un crecimiento acelerado y/o repentino, son la falta
de planes de desarrollo adecuados. Esto, unido al constante cambio de los
usos del suelo, ha fomentado la alteración y destrucción de vivienda
para dar paso a oficinas de gobierno y a locales comerciales; lo cual
aleja aun más a los pocos pobladores que quedan en los centros históricos.
Como respuesta a la necesidad de vivienda,
vemos con tristeza como las grandes fincas de patio en medio y
fachadas de cantera y adobe son derribadas para dar paso a vivienda
moderna de diversos tipos. La destrucción alcanza todo tipo de
monumentos. En uno de los barrios, el de San Miguelito, un convento de
monjas fue transformado y hoy es sede de los tribunales, y manzanas
completas con hermosos ejemplos de arquitectura vernácula han sido
convertidas en las oficinas de los jueces. En otros
casos, magníficos ejemplos de arquitectura industrial han sido
arrasados para dejar en su lugar terrenos baldíos o conjuntos
habitacionales de pobre calidad. Con
estos breves ejemplos de lo que ocurre en la ciudad de san Luis Potosí al
igual que en muchas otras ciudades históricas iberoamericanas, nos
convencemos aún más de que su conservación no puede reducirse a meros
aspectos técnicos como si se tratara de dar mantenimiento a una máquina,
es necesario fomentar la
investigación y la recopilación del patrimonio tangible e intangible que
se ha ido perdiendo a lo largo del tiempo y es igualmente necesario su
registro y difusión. Podríamos
señalar como causa principal de la degradación de las ciudades históricas
iberoamericanas la separación que existe entre el discurso que las
enaltece y las postula como fuente de nuestra identidad y el
desconocimiento que sobre ellas tiene la mayoría de la población, que no
consigue verlas más allá que como motivo de celebraciones patrias o
visitas curiosas; y esto es porque no hay ya el sentido de pertenencia
hacia el patrimonio y no es posible conservar y apreciar lo que no se
conoce. Las
Ciudades Históricas localizadas en los diferentes puntos geográficos están
sometidas al asedio sistemático de intereses y factores que causan su
destrucción. Al parecer existe mayor preocupación por los bienes
inmuebles que integran todos los procesos históricos (principalmente los
ocurridos a partir de las conquistas espirituales, militares y de las
instituciones que les dieron asiento: la Iglesia y el Estado) dejando
excluidas de la historia la arquitectura no relevante, popular o vernácula
y las formas culturales en que estuvieron integradas. Frente a esta
problemática que no resulta nueva pero continúa presente, debemos
concienciarnos y sensibilizarnos, ya que existe una fuerte apatía por
parte de muchos habitantes de las ciudades históricas y existen también
muchos intereses económicos en juego
que se oponen a la conservación del patrimonio tangible e intangible.
Urge hacer un llamado a las autoridades de todos los niveles, sobre todo
locales, para que conozcan y adopten las medidas contenidas en las cartas,
acuerdos y recomendaciones de la UNESCO en materia de gestión y
conservación de las ciudades históricas. Valdría la pena echar un
vistazo a los contenidos de los programas educativos de los países
iberoamericanos. México
se encuentra entre los países adheridos a la Convención y cuenta con
legislación federal para la protección del patrimonio; sin embargo esta
ley federal no ha sido reforzada en los ámbitos locales en donde muchas
veces no se cuenta con ningún marco legal para este fin. Y en el ámbito
internacional, la creación de subcomités con representación en los países
iberoamericanos puede constituir un mecanismo efectivo de gestión para
las ciudades históricas iberoamericanas, en la medida en que se cumpla
con la labor de vigilancia constante y fomento a la revaloración de
nuestras identidades.
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