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Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) 
 

HISTÓRICA CIUDAD DE LEÓN: CUNA DE MITOS Y LEYENDAS


Maira Vargas Roa

(Nicaragua)

 

El que los habitantes de la primera ciudad de León, conocida actualmente como León Viejo, trasladaran la ciudad de su sitio original al sitio actual a inicios del siglo XVII no fue un hecho casual. Por el contrario, el sitio se encontraba muy cercano a la comunidad  indígena de Sutiava; con la cual se garantizaba la mano de obra necesaria para la construcción. Así mismo, había una fuente de agua potable, el río Chiquito; y la topografía del terreno permitía el trazo adecuado de las normas urbanísticas vigentes para las ciudades de la colonia.

Esta interrelación de culturas originó una población diferenciada entre sí tanto cultural, racial como urbanísticamente, dando como producto un espacio jerarquizado de manera policéntrica al existir dos plazas unidas entre sí por la Calle Real: la plaza mayor en el centro de la ciudad habitada por los españoles y la plaza de Sutiava, en el centro de la comunidad indígena del mismo nombre.

En el aspecto cultural también se evidenció en leyendas propias de cada grupo racial como es el caso de la leyenda del Punche o Cangrejo de Oro (que según los indígenas es el guardián de fabulosos tesoros) y la leyenda del Cacique Adiact  (quien se ahorcó en un inmenso árbol de tamarindo antes de ser esclavo de los españoles). Ambas leyendas tienen tal vigencia que hasta el día de hoy el árbol de tamarindo es un monumento de la comunidad indígena de Sutiava y el sitio es clasificado como histórico para esta comunidad.

Para el caso de la comunidad española, la leyenda de La Llorona  y El Jinete sin Cabeza son quizás los más recurrentes hasta hoy día; con su mensaje de advertencia contra el mestizaje, en el primer caso, y de sometimiento al poder colonial en el segundo, referido específicamente a la persona del Coronel Arrechavala, de quien se asegura aún pasea en su corcel las empedradas calles de la ciudad de León al filo de la media noche.

Si bien estos mitos ancestrales han hecho de León la cuna de las leyendas más difundidas en nuestro país, de la misma manera, y a partir del siglo XIX, la ciudad fue el centro de mayor producción artística e intelectual con el mito del “poeta niño”, Rubén Darío, genio de la lengua castellana; o de nuestro primer poeta metafísico, Alfono Cortés; o del poeta místico, Azarías H. Pallais; o del poeta y novelista costumbrista Salomón de la Selva; o también del más grande compositor de música clásica de nuestro país, José de la Cruz Mena, llamado el divino leproso.

Esta tradición cultural originó en la sociedad local una serie de acciones que permitieron la construcción del teatro municipal y del quiosko de la música en el parque central, así como los certámenes artísticos culturales llamados “Los Juegos Florales.”

El siglo XX se inició en la ciudad con dos acontecimientos que se volverían verdaderos mitos nacionales: la muerte de Rubén Darío (y la posterior trepanación de su cadáver), y los asesinatos por envenenamiento adjudicados a un estudiante de derecho guatemalteco llamado Oliverio Castañeda, a quien posteriormente se le aplicó la ley de fugas.

Estos sucesos dieron pie a que posteriormente se escribieran dos novelas de carácter histórico que refuerzan aún más en la memoria colectiva éstos hechos: “Margarita está linda la mar….”, y “Castigo Divino”, ambas del escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado.

En la actualidad, la ciudad de León es sin duda y por antonomasia, la conservación patente del espíritu de nuestras tradiciones; como las pomposas procesiones de la Semana Santa, en donde aún se mantiene viva la costumbre de adornar el suelo con alfombras de aserrín y flores, además de arcos triunfales en las calles principales, siendo además la cuna de la fiesta religiosa más popular por antonomasia de Nicaragua, la Gritería o la Purísima, que se celebra en la víspera del 8 de diciembre, fiesta del dogma de la Inmaculada Concepción de María que ha generado una gran producción espiritual a través de canciones populares religiosas y de los bailes de “La Gigantona” (y sus derivaciones de “El Enano Cabezón” y “El Pepito”) que son básicamente danzas callejeras y se sabe fueron pasados por tradición oral, remontándose sus orígenes a los años de la Colonia.

De la misma manera, la sociedad civil ha procurado mantener sus tradiciones mediante el esfuerzo digno de admiración por mantener vivo el museo de las tradiciones, resultado de una iniciativa familiar por difundir y preservar este patrimonio espiritual y la comunidad académica universitaria, de innegable prestigio nacional que hace un esfuerzo por recuperar su estatus de ser el segundo foco académico de la cultura en Centro América y que mantuvo inalterable por varios siglos desde su fundación

 

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