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| Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) |
ASPECTOS INTANGIBLES DE LAS CIUDADESMaria Teresa Gaona (Paraguay)
Cuando caminamos o conducimos apurados y ensimismados por las ciudades y muy especialmente las grandes urbes, su materialidad nos agobia: ruido de vehículos, humo, bocinas, personas caminando apuradas o aglomeradas en alguna estación del transporte público u observando un espectáculo o cualquier vidriera de las muchas que abundan en las calles de la gran ciudad. Todas las ciudades del mundo nos parecen iguales cuando las recorremos de esta manera. ¿Pero lo son realmente? ¿Son las todas las ciudades iguales o algunas son diferentes?. Y si son diferentes, ¿por qué?. Una mirada más detenida nos lleva a verificar cambios y sutilezas en y entre las ciudades. Las primeras impresiones son también de carácter material, como las dimensiones espaciales, el ancho de las calles, de las veredas, los diferentes edificios, la presencia o ausencia de verde, el colorido de la ciudad, las personas que caminan, su vestimenta, su expresión, la claridad del día o la luminosidad de la noche... Y nos preguntamos: ¿en qué proporción y combinación de estos y otros elementos logramos que la ciudad sea agradable?. ¿Es posible diseñar y encontrar una fórmula matemática con la cual podríamos lograr eso que llamamos calidad ambiental? Probablemente no. Porque detrás de todos y cada uno de estos elementos, y de muchos otros que aquí no mencionamos, existe un concepto cambiante y diferente en cada sociedad: la trama, la malla, en la que se insertan y que les da vida, color, significado. Es lo que llamamos comúnmente “cultura”; y que comprende no sólo los modos de vida, los cánones de belleza, la creación, el uso o el abuso del espacio sino la respuesta popular, comunitaria o la de un experto a las condiciones del medio. Este es el “carácter de la ciudad”, aspecto intangible y mucho más que la suma de sus partes y elementos componentes. Es lo inmaterial que se desprende de todos los elementos materiales que existen en ella. Es el elemento distintivo de cada ciudad, grande o pequeña; y de cada pequeño o gran espacio dentro de ella, pues no es lo mismo estar en un supermercado que en el zoco, el mercado de una ciudad árabe. En ocasiones, recorremos la ciudad con “ojos de extraños” de turista y descubrimos en ella mil pequeñas cosas que la mirada rutinaria pasa por alto. Notamos que cada esquina o cada calle es distinta a la otra; que cada edificio es diferente; que el verde es cambiante y que esa diversidad es la que la convierte en bella, cálida o agradable. Pero, si ese paseo está acompañado del relato histórico; cada centímetro cuadrado de la ciudad es una “memoria viva”; es historia viviente relatada en presente o en pasado: “En esta casa....”; “En la época de la independencia, en esta esquina, donde hoy está este inmenso shopping, el entonces Presidente .......”. Con el relato, tanto la ciudad como el pequeño poblado y nosotros retrocedemos en el tiempo; la mente viaja y se imagina esa época que todavía tiene o que ya no tiene el soporte físico, pero sí un lugar en el espacio-tiempo-memoria de la ciudad. Y nos preguntamos: ¿la memoria de la ciudad es lo intangible o algo más que lo intangible? ¿Es posible diferenciar la memoria del “carácter”, el alma de una ciudad? Y, más aún: ¿es posible encontrar una palabra, un sentimiento, una idea que sintetice la ciudad?. ¿Existe en ella algo más que lo intangible, lo supraintangible?. ¿Podemos decir que las ciudades tienen espíritu? La respuesta de personas conocedoras es que la memoria es tanto tangible como intangible. Existe y no existe. Podemos ubicar un edificio, o un conjunto de ellos, o lugares o simplemente decir que “antiguamente, en este lugar ...”. Pero ¿qué nos dice el edificio, o el espacio vacío de su contenido, de los recuerdos, modos de vida, sueños e ilusiones o simples historias de amores y amistad?. Si esto se da en la gran ciudad, en alguno de sus espacios más emblemáticos, con más razón se da en los pequeños poblados, donde cada espacio es aprehendido por la memoria colectiva que toda la comunidad comenta o cuenta. La “memoria”, ese conjunto de datos históricos, recuerdos o anécdotas, transmitidas a lo largo de la vida de la ciudad, es lo que da vida y sentido a la ciudad, al poblado, a los espacios y edificios que lo conforman. La memoria puede escribirse e imprimirse en libros o revistas, exponerse en conferencias, relatos o expresarse en pinturas, murales o fotografías. La “memoria de la ciudad” no es el “carácter”, el alma de la ciudad, pues podemos recorrer una ciudad o un pequeño poblado sin conocer su historia, sin hablar con sus pobladores para que nos transmitan sus recuerdos. Pero si lo hacemos a la hora en que esa “ciudad vive”, a la hora en que sus ciudadanos (sus habitantes) circulan por ella nos damos cuenta de los colores, olores, sensaciones que la ciudad despierta en nosotros y que son diferentes a las otras poblaciones. No hace falta ser un experto, ni conocer la historia de la ciudad para vivirla, para apreciarla. Muchos compatriotas no saben nada de la historia de la ciudad de Asunción, ni la de San Bernardino, donde pasan sus vacaciones, ni de otras ciudades, pero las distinguen, las califican de: lindas, divertidas, brillantes, soleadas, etc., porque esa es la sensación que la ciudad les transmite. Lo intangible de una ciudad puede, en ocasiones, ser aprehendido en una sola idea, bella, agradable, cálida, luminosa, que alude a un aspecto o emoción que de ella se desprende o que ella evoca. En otras ocasiones, una ciudad o un pequeño poblado no puede definirse. Sólo se siente, se presiente. Esta síntesis es mucho más que lo tangible y lo intangible, mucho más que la memoria, el carácter, el alma, aunque los incluye. Es el “espíritu de la ciudad”, es esa idea fuerza que le da singularidad y significado, creado o presentido como París la “Ciudad Luz” o la “Ciudad Santa” de Jerusalén. Pero, este carácter, este espíritu de la ciudad ¿es siempre igual?. ¿Es posible que personas diferentes sientan-presientan, conozcan-reconozcan una ciudad, un poblado de manera diferente?. ¿En qué medida la mirada del turista, del ciudadano, del habitante incide en la lectura de la ciudad? Cuando visitamos Roma, y llegamos a la Plaza del Vaticano, nos recibe la calidez curvilínea, del “velado abrazo” de la columnata de Bernini, que nos cobija y define ese inmenso espacio que para cada turista, según su fe, sus creencias o sus conocimientos es diferente. No es lo mismo el significado de esta plaza, para un arquitecto, que para un profesor de historia de la arquitectura del Renacimiento o del Barroco, que para un católico creyente y practicante, o que para un musulmán. Cuando viajamos a otra ciudad, extraña a la nuestra, vemos a la ciudad no sólo con mirada de “turista” sino con una mirada velada por la ilusión. Existe también una “Idea-ilusión de una ciudad”. ¡Cuántas veces hemos querido recorrer la “ciudad luz”, sus calles y sus museos, o su Barrio de Montmartre pensando en la bohemia... y no vemos la ciudad real, la que cada día viven sus ciudadanos; porque para nosotros París no es una ciudad más, es una “Ciudad Ilusión”, un componente mental que nos permite ver e interpretar a la ciudad de manera diferente. También, las ciudades o poblados, por una conformación especial del paisaje, utilizado por el hombre para despertar emociones, generan “ideas-ilusión” sobre ella. Es inolvidable la llegada a Chartres por carretera, en un atardecer cuando con kilómetros de anticipación vemos la catedral, esplendorosa, recortando su silueta sobre el cielo rojiazul, pero no hay rastros de la ciudad. Como inquietante es la experiencia de ver la iglesia de Areguá, en Paraguay, que se eleva orgullosa sobre el verde anunciando la existencia de una ciudad, que no se ve pero se presiente. Pero llegando a la ciudad, no vemos la iglesia, ella se pierde cuando transitamos bajo el cálido techo verde de los árboles de la avenida principal, y aparece súbitamente de nuevo al llegar a la loma... Y ya, frente a la iglesia, y volviendo la mirada atrás, la ciudad (siempre esquiva) de nuevo desaparece de la vista, sólo vemos una alfombra verde. La ciudad está y no está. La ciudad baja es una “ciudad-real, y una ciudad-ilusión”. Pero, también tenemos una “ciudad-ilusión” en nuestra vida cotidiana. Pues la ciudad en la que vivimos, a la que amamos y cuyas calles recorremos cada día, es y no es. Existe una Asunción conocida por mí y otra desconocida por mí. Puedo relatar la vida de mi ciudad, de cada uno de sus edificios importantes y de los que no lo son. Puedo cantarla en versos como José Asunción Flores, o gozarla en los relatos de Moreno o Verón, o descubrir su historia en los archivos y los relatos de la vida cotidiana de Lamas o Sanchez Quell. Pero todo eso es y no es Asunción. Yo vivo en Asunción, con una “idea-ilusión” mía (y sólo mía) de ella. Entonces, existen lecturas diferentes de la ciudad porque la mirada, la vida, la experiencia y las expectativas del turista, ciudadano, simple habitante o visitante de una ciudad o de un poblado, también le dan vida y contenido a los espacios; pues las personas y sus circunstancias son la base de la interpretación de la memoria colectiva que permite que cada individuo o comunidad proporcione un significado diferente a los espacios. Esta experiencia (que se vive todos los días) los poetas y escritores han sabido describirla en muchos casos mejor que nosotros, los arquitectos. En síntesis, podemos decir que los aspectos intangibles de la ciudad se refieren, en primer lugar, a la MEMORIA DE LA CIUDAD, que puede ser Histórica: el conjunto de datos de archivo o de libros e investigaciones; o Colectiva: el conjunto de anécdotas, hechos o circunstancias que la transmisión oral ha conservado sobre la ciudad, sus edificios y sus espacios; en segundo lugar, al CARÁCTER DE LA CIUDAD, el Alma, que está dado por una serie de elementos espaciales, materiales y culturales como la escala urbana, el uso de los espacios, el color, el brillo, los materiales de construcción, los habitantes, sus vestimentas y sus formas de vivir, la localización y el uso que caracterizan cada espacio de la ciudad de manera diferente, y nos permite realizar comparaciones entre distintos ámbitos de los poblados y ciudades; y finalmente el ESPÍRITU DE LA CIUDAD, esa síntesis expresando una emoción, (increíble, bellísima), o en una frase que nos permite hablar de la “Ciudad Luz”, la “Ciudad Santa” o repetir los versos de Acuña de Figueroa y recordar que Asunción es “Madre de Ciudades”. Todos los elementos mencionados existen, a veces independientemente de los ciudadanos y pueden ser una simple repetición de circunstancias, datos o hechos, como cuando rendimos un examen o llamamos a Asunción “madre de ciudades”, y esas palabras suenan vacías en nuestra experiencia del siglo XXI, pues para que tengan sentido es necesario recordar la historia de las fundaciones de la época colonial y en este simple acto se sintetizan el espíritu, el carácter y la memoria de la ciudad. Pero para que el acto se realice deben existir personas, ciudadanos o turistas que la recreen, la recuerden, la vivan. Y esto se hace de maneras diversas, entre las que vamos a citar sólo algunas: en la idea ilusión, en nuestras creencias y vivencias de una ciudad; en el relato oral o escrito que en las escuelas, en las excursiones, en las fiestas, en las canciones o en cualquier conversación nos transmiten las personas; en la cultura de cada pueblo que experimentamos en sus costumbres y tradiciones que apreciamos por las calles, por las formas de utilizar el espacio urbano o el espacio verde privado, las formas de vestir, divertirse o vivir, los colores de los edificios y del verde, con la predominancia del blanco, de colores diversos o de materiales de construcción sin revestimientos, por los aromas de la ciudad entre los que distinguimos el olor de las comidas, los perfumes de los jardines. Y mucho más intensamente en las fiestas patronales, en las fiestas populares y en las tradicionales... Todo esto y mucho más es la riqueza de lo intangible de una ciudad. La complejidad de lo intangible es un reflejo de la complejidad de la ciudad; no importa cual sea su tamaño. Lo intangible de una ciudad es la dialéctica (en varios niveles de complejidad) entre la ciudad (su materialidad, memoria, carácter, espíritu) y el hombre (o la comunidad que la vive o la aprecia). La ciudad construida, sus calles y edificios, pueden tener una existencia independiente de nosotros, pues ellos ocupan el territorio. Pero lo intangible de una ciudad sólo existe y tiene vida en todos y cada uno de nosotros.
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