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Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) 
 

EL CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE MÉXICO: UNA REFLEXIÓN EN TORNO A SU CONSERVACIÓN EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI


María de la Cruz Paillés

(México)

 

Iniciaré mi presentación con una cita tomada del libro “El Espejo Enterrado” del escritor mexicano Carlos Fuentes, que desde mi punto de vista explica en parte el hecho de que nos encontremos aquí reunidos:

“A través de España, las Américas recibieron en toda su fuerza la tradición mediterránea. Porqué si España es no sólo cristiana, sino árabe y judía, también es griega, cartaginesa, romana, y tanto gótica como gitana. Quizás tengamos una tradición indígena más poderosa en México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia, o una presencia europea más fuerte en Argentina o en Chile. La tradición negra es mayor en el Caribe, en Venezuela y en Colombia, que en México o Paraguay. Pero España nos abraza a todos; es, en cierta manera, nuestro lugar común. España, la madre patria... meciendo la cuna en la cual descansan como regalos de bautizo, las herencias del mundo mediterráneo, la lengua española, la religión católica y la tradición política... que puede ser genuinamente nuestra, y no un simple derivado de los modelos franceses o angloamericanos” (1).   

Grandes cambios tuvieron lugar en la historia del orbe hacia fines del siglo XV cuando el continente americano fue descubierto. Poco antes, iniciaron su reinado los Reyes Católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, dando comienzo a la unidad española, que para los monarcas fue fundamentalmente religiosa, política y cultural. Ese fue el siglo de la expansión marítima; que una vez iniciado el siglo XVI culminaría en el caso de México cuando Hernán Cortés alcanzó la costa de Veracruz, previamente organizado el mundo antillano,  vislumbrándose así la naciente sociedad novohispana. (2)

Debemos recordar que en México los pueblos indígenas tenían un desarrollo cultural correspondiente al Neolítico; y que además, a diferencia de la región andina, aquí no existían animales de tiro. Desde tiempos prehispánicos los grandes centros urbanos se asentaron estratégicamente escogiendo una  geografía favorable, a lo largo de importantes rutas comerciales que cruzaban todo el ámbito mesoamericano, desde la costa del Golfo hasta el océano Pacífico. Por esta razón, frecuentemente las fundaciones españolas se ubicaron en las antiguas poblaciones indígenas, surgiendo nuevas ciudades como Cholula, Tlaxcala, Texcoco, Mérida y Valladolid, entre otras. Poco a poco, las ciudades y pueblos indígenas quedaron subsumidos en el nuevo  orden europeo. 

La diversidad geográfica americana y la vastedad territorial,  imprimieron un sello local a las primeras ciudades españolas en este continente. Los ejemplos más sobresalientes son el Cuzco en Perú y la Ciudad de México, que se fundaron sobre las ruinas de las  antiguas capitales de los imperios inca y azteca, Cuzco en la cordillera de los Andes y Tenochtitlan en la región lacustre del altiplano central mexicano.

España imaginó sus nuevas tierras americanas como una red de ciudades; a diferencia de Portugal y de la manera en que se dio su expansión territorial en Brasil, organizada mediante una serie de unidades económicas y sociales agrarias, distribuidas a lo largo de las comarcas como plantaciones e ingenios para la producción de tabaco, algodón y azúcar. Desde su fundación misma, la ciudad española tenía asignado el papel de crear una sociedad compacta, homogénea y militante, una sociedad urbana encuadrada dentro de un riguroso sistema político, rígidamente jerárquico y apoyado en la sólida estructura ideológica de la monarquía cristiana. (3)

Principios claramente establecidos en la que sería la capital de la Nueva España. Por razones políticas la ciudad española fue levantada en el emplazamiento de la capital destruida. Sin embargo al ser edificada ésta sobre la ciudad de Tenochtitlan, cimentada en gran parte sobre islotes y terrenos ganados artificialmente al lago mediante la construcción de chinampas, la empresa no fue fácil para los conquistadores quienes con tesón y voluntad tuvieron que irse adaptando a ese ambiente lacustre, mientras que los grupos indígenas habían desarrollado un aprovechamiento de los recursos naturales que los lagos ofrecían, desarrollando verdaderas sociedades lacustres. (4)

En 1521 Alonso García Bravo realizó la traza de la que habría de ser la ciudad novohispana en cuya plaza mayor estarían los edificios principales. El ángulo recto que presentaba el trazado original de Tenochtitlan cruzada por numerosos canales y orientada casi de Norte a Sur, fue aceptado sin reservas por los españoles. Tenemos como característica fundamental de la traza española, el ángulo recto y el sistema de retícula para sus calles. (5)

Durante el primer siglo se construyeron la mayoría de los edificios públicos y religiosos de la capital de la Nueva España, cimentándose muchos de ellos sobre los restos de las antiguas edificaciones prehispánicas. La Iglesia Mayor (después Catedral Metropolitana) cubrió los templos del Sol, del Dios del Viento, el juego de pelota y otros basamentos piramidales que pertenecían al recinto sagrado del Templo Mayor de Tenochtitlan. El Palacio Virreinal destinado en sus orígenes para residencia de Hernán Cortés, en donde se ubica actualmente el Palacio Nacional se levantó en los terrenos de Moctezuma. (6)

Mientras la población española se estableció dentro de la traza, la población indígena se asentó desordenadamente en torno al núcleo español, principalmente en cuatro de los barrios periféricos de Tenochtitlan a cuyos nombres en náhuatl se les añadieron los de sus santos patronos cristianos. Estos fueron: Santa María Cuepopan, San Sebastián Atzacoalco, San Juan Moyotlan y San Pablo Zoquipan. También se incorporó Tlatelolco, antiguo principado que había sido vencido por los tenochcas en 1473. (7)

La ciudad española mantuvo sus límites casi sin variaciones hasta el siglo XIX, aún después del movimiento de Independencia, pues éstos estaban dados por la propia geografía lacustre. La capital constantemente padeció de inundaciones ocasionadas por las aguas del gran lago de Texcoco ubicado hacia el Este, que se encuentra a una mayor altura que la capital. En épocas de intensas lluvias, cuando las aguas rebasaban su embalse natural, las vertía sobre la ciudad. Fue en 1902 cuando el presidente Porfirio Díaz inauguró las obras del Canal de Huehuetoca, un gran tajo artificial que drenaría la cuenca hacia el Norte. Sin embargo, el acelerado crecimiento de la urbe lo hizo insuficiente; y así a mediados del siglo XX, en 1951, ocurrió la última inundación. Por ello, durante el gobierno de Echeverría se iniciaron y concluyeron en 1975 las obras del Sistema del Drenaje Profundo del Distrito Federal, destinado a dar salida a las aguas negras y pluviales de la cuenca orográfica conocida como Valle de México. (8)

Conforme a las investigaciones arqueológicas e históricas, sabemos que donde se concentran la mayoría de las estructuras prehispánicas de la antigua Tenochtitlan (que a su vez se corresponde con la antigua traza de la ciudad española) es en el actual Centro Histórico de la Ciudad de México. (9)

Fue en el año de 1972 cuando se promulgó la “Ley Federal sobre  Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos”, y posteriormente el 31 de octubre de 1977 se constituyó  la Comisión Intersecretarial del Gobierno Mexicano, con el fin de evitar la destrucción y desequilibrio urbano que padecía el centro de la Ciudad de México. La declaratoria nacional como Zona de Monumentos Históricos denominada oficialmente como Centro Histórico de la Ciudad de México, fue publicada en el Diario Oficial de la Federación  el 11 de abril de 1980. Y con esa misma fecha se inició un programa de recuperación, restauración y conservación de la zona monumental histórica, dirigido por el Consejo del Centro Histórico de la Ciudad de México. (10)

La zona de monumentos históricos abarca un área de 9,1 kilómetros cuadrados; comprende 668 manzanas, con un total de 1.436 edificios de distintas épocas históricas. En el decreto se estableció que las construcciones que se hagan en el Centro Histórico de la Ciudad de México estarán sujetas a las condiciones establecidas en las disposiciones legales; y que cualquier obra de construcción, restauración o conservación deberá realizarse mediante solicitud presentada al gobierno del Distrito Federal, previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Entre los diversos convenios y acuerdos de tipo internacional el de la UNESCO de París en 1972 establece con precisión, con base a la lógica y el sentido común, que en relación al patrimonio cultural y natural los pasos deben ser: primero, la identificación; segundo, la protección; tercero, la conservación y cuarto, la rehabilitación. Un punto importante sostenido por la UNESCO es que deber considerarse que los conjuntos históricos o tradicionales y su medio constituyen un patrimonio universal inestimable (11).

En el caso específico del Centro Histórico de la Ciudad de México, se tiene dado el primer paso, puesto que se le reconoce como zona de monumentos a través de decretos nacionales y la declaración internacional, cuyo expediente fue elaborado en 1984 por la Comisión Mexicana para la UNESCO.

En cuanto al segundo, que es la protección de los monumentos, ésta es parcial  debido a que la Ley Federal de 1972 arriba mencionada, fundamenta la protección del patrimonio cultural a partir de una división temporal arbitraria, en la que se considera como patrimonio cultural arqueológico únicamente los vestigios de las culturas que antecedieron a la llegada de los españoles, patrimonio histórico a los monumentos de la época virreinal y de la etapa independiente, finalmente patrimonio artístico a las edificaciones del porfiriato e inicios del siglo XX (12).

El tercer punto, la conservación, y el cuarto, la rehabilitación, presentan numerosas omisiones en las que inciden factores de índole natural y social. El Centro Histórico de La Ciudad de México, se encuentra ubicado en la demarcación local conocida como Delegación Cuauhtémoc, que es una de las zonas de mayor riesgo sísmico debido a la naturaleza del subsuelo, y fue una de las zonas más dañadas durante el terremoto de 1985. A partir de ese evento catastrófico el centro se despobló, y en la actualidad se ha ido repoblando paulatinamente de una manera anárquica, así hemos visto los antiguos palacios y residencias degradarse y convertirse en lo que en México llamamos “vecindades”, que es la división interna de los inmuebles para ser habitados por personas de escasos recursos económicos.

Serían innumerables los factores de riesgo que presenta el Centro Histórico de la Ciudad de México. Podemos entre ellos mencionar: la construcción de obras públicas como las líneas del Sistema Metropolitano de Transporte Colectivo, la adecuación de espacios públicos y la “población flotante” (diariamente llegan al centro alrededor de un millón de vendedores informales, que han ido invadiendo los edificios históricos para guardar sus mercancías). 

Las ciudades Históricas Iberoamericanas, con ese sello distintivo propio herencia y mezcla de las culturas indígenas y española, merecen continuarse y subsistir para las generaciones futuras en este siglo XXI y los subsecuentes, como testimonio material y tema de reflexión constante que permea la memoria histórica de los pueblos. Tanto España como la América española son el resultado del encuentro de culturas que, si bien distintas en sus orígenes, convergieron  hasta conformar nuestra realidad actual. Por ello considero que la creación de un Subcomité de Ciudades Históricas del ICOMOS para el área de Iberoamérica, contribuirá en el orden internacional a la persistencia de nuestras ciudades históricas.

Finalizo mi intervención citando nuevamente la obra inicialmente mencionada de Carlos Fuentes:

"Desde la atalaya de la Sagrada Familia [en Barcelona], mirando hacia el Mediterráneo, pero mirando también tierra dentro hacia una España nuevamente orgullosa, progresiva y democrática que parece haber asimilado inteligentemente su pasado, ¿nos será permitido a todos los pueblos hispanohablantes progresar también con un profundo sentido de la tradición, vivir en un mundo de comunicaciones instantáneas e integración económica global, pero sin perder el sentido de la propia historia, de las propias raíces? ¿Podemos pertenecer a la aldea global sin abandonar por ello la aldea local...? Quinientos años después de Colón, los pueblos que hablamos español tenemos el derecho a celebrar la gran riqueza, variedad y continuidad de nuestra cultura".

 

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