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Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) 
 

CAMBIO DE USO Y CRISIS DE LOS CENTROS HISTÓRICOS


Begoña Bernal Santa Olalla

(España)

 

Esta comunicación pretende servir de reflexión sobre las causas de las transformaciones que afectan a las ciudades históricas  -sobre todo al uso de sus centros históricos-  en unos momentos en que existe una desaforada carrera para hacer atractiva la ciudad desde el punto de vista turístico y económico. El ejemplo de Burgos nos sirve para comprobar los efectos contradictorios de un mismo proceso guiado por la importancia de los conceptos de ciudad-empresa y ciudad-espectáculo preocupada por lograr beneficios económicos; sobre todo los que puede proporcionar el llamado turismo de calidad o turismo cultural. Estos criterios se ponen de manifiesto a través de una actuación sobre el espacio urbano que se organiza en dos ámbitos: el histórico, heredado, que se ha quedado viejo y que, aunque sin población, intenta mantener las apariencias, y el nuevo, que se pretende crear para dotar a la ciudad de una nueva imagen. Esta dualidad es la consecuencia de un mismo proceso en el que sólo preocupa la imagen.

La frenética carrera de competencia internacional ha llevado al Ayuntamiento de Burgos a introducir la cultura, el patrimonio, como un objetivo fundamental en las estrategias de desarrollo económico; en las que son primordiales la regeneración del espacio público y la realización de infraestructuras y equipamientos de carácter cultural con el fin de crear una imagen atractiva para vender ciudad. Esta consideración rentabilista y economicista del patrimonio es clave para comprender los fenómenos de fachadismo arquitectónico, escenificación y banalización del espacio público, abandono de la vitalidad y, en consecuencia, la desaparición del patrimonio y la identidad de los espacios urbanos heredados. Al mismo tiempo, la trascendencia mundial que tienen los yacimientos de Atapuerca es considerada como una oportunidad histórica que permitirá a Burgos incluirse en los grandes circuitos de explotación cultural, a través de su gran proyecto de Museo de la Evolución Humana[1]. Burgos quiere tener algo muy especial y digno de ser visto, quiere participar junto con otras ciudades en la lista que reúne a lo mejor de la arquitectura contemporánea; por eso ha elegido un proyecto estrella para construir un museo monumental que por su diseño logre atraer a cientos de miles de visitantes[2].

Al comenzar el nuevo siglo, Burgos (como otras muchas ciudades históricas) da muestras de un proceso de transformación de su espacio urbano consolidado, que es el resultado de un tratamiento desigual de dicho espacio. Junto a los nuevos diseños arquitectónicos de carácter monumental con que programa la realización de infraestructuras y equipamientos culturales en una zona del centro urbano, se mantienen cada vez más degradados los espacios históricos de la ciudad, sobre todo los altos, a los que se les aplica, bien un decidido olvido y abandono, o bien intervenciones, disfrazadas de conservación, que provocan asimismo la destrucción del espacio histórico porque se le arrebata su autenticidad y su valor simbólico. La ciudad que se desea es el resultado derivado de una concepción de la misma como producto empresarial y del interés por considerar la relación del binomio “turismo-urbanismo”. A pesar de que sea solamente un proyecto, la actuación en el solar de Caballería se plantea como una posibilidad para el cambio de imagen; y ya muestra unos efectos espaciales claramente visibles: la dualidad urbana y una apuesta por la “ciudad escaparate”.

El casco antiguo de la ciudad   -por el que discurre el Camino de Santiago, ámbito de alto valor patrimonial-   presenta (por su menor accesibilidad y práctica inexistencia de servicios y dotaciones) serias señales de degradación ambiental y física, que favorecen procesos de desestructuración urbana y deterioro social; y eso a pesar de estar incluido en la Lista del Patrimonio Mundial  -Catedral (1984) y Camino de Santiago (1993)-  y ser el espacio más visitado por los turistas. Junto a este espacio histórico casi vacío, que todavía hoy constituye la imagen de identidad urbana de Burgos, se está gestando el nuevo espacio, en el solar de Caballería, que pretende convertirse en la imagen emblemática de Burgos para el siglo XXI. La actual Administración municipal argumenta que no puede realizar la rehabilitación de la zona histórica por falta de recursos económicos y por el cruce de competencias entre administraciones, especialmente la Junta de Castilla y León. Sin duda prefiere (como otros ayuntamientos) generar obras de gran volumen e impacto urbano con una operación dotacional a escala de la ciudad, no del Centro Histórico[3]. Por eso ha apostado por la valoración de lo singular (Atapuerca) frente a la complejidad que plantea hoy una actuación en el conjunto histórico. Tal decisión es la consecuencia de la especialización de la ciudad como producto de consumo. Los mecanismos de transformación de la ciudad han optado por presentar dos zonas, cada una con su lógica[4]. La heredada (antigua) en la que se acumula el arte de otros tiempos y que forma un conjunto urbano con suficiente calidad patrimonial por sí misma, es el espacio de las viejas catedrales; y la futura, donde el diseño y la belleza de lo nuevo pretende constituir también un importante núcleo con interés patrimonial, las nuevas catedrales[5] del siglo XXI. Ambos segmentos de la ciudad del mañana constituyen las dos facetas de una misma realidad que intenta obtener el máximo rendimiento económico del uso turístico de la ciudad y que ha provocado el cambio de uso del Centro Histórico, a la vez que diseña la creación de un nuevo espacio lleno de “glamour” que aspira a ser Patrimonio. Se plantean así dos fragmentos diferenciados dentro del ámbito de la ciudad histórica, que no sólo no se complementan sino que compiten entre sí. Burgos quiere construir su nueva catedral, la Catedral de la Evolución Humana[6], al mismo tiempo que pierde poco a poco la vieja Catedral gótica, que va cerrando su acceso a la población a medida que avanzan las obras de su restauración y se pone en marcha la museización del templo. Ambas catedrales, la nueva y la de verdad, muestran el afán economicista de este tipo de cultura  convertida así en objeto de mercantilización y destinada a su uso para un turismo cultural, a ser posible, masivo.

 

El fachadismo y el cambio de uso del centro histórico

Desde que se aprobó el Plan Especial del Centro Histórico (1995), en Burgos se practica el proceso denominado fachadismo como método de conservación del patrimonio. Pero el fachadismo está produciendo efectos perversos, puesto que a la pérdida del patrimonio edificado, se une la pérdida de la identidad urbana, la transformación de la ciudad en un decorado y la pérdida de la herencia cultural.

La apropiación económica del espacio ha provocado la crisis del centro histórico de Burgos y ha puesto en crisis también el concepto mismo de patrimonio como bien colectivo, como un bien social de interés cultural. Hoy, “Patrimonio” es sinónimo de “interés turístico” e “interés económico”. Los gestores del Patrimonio, la Administración pública, los técnicos que intervienen en él y los expertos han conducido a una valoración económica en vez de social de éste.. Términos o expresiones como la “economía del patrimonio”, el “patrimonio como factor de rentabilidad económica” y el “patrimonio como fuente de riqueza y desarrollo económico”, son más frecuentes que la consideración del derecho que la sociedad tiene a disfrutar de esos bienes patrimoniales y a mejorar con ello su calidad de vida. La recuperación del centro histórico de Burgos, igual que la recuperación de sus monumentos, se realiza teniendo en cuenta únicamente su potencial económico en términos de atractivo turístico. Y ello, sin considerar las necesidades de la población residente, que además de envejecida es escasa; lo cual conduce a un proceso de destrucción pacífica del patrimonio, realizada bajo la premisa de su protección. Y por eso lo definimos como el síndrome de tercera generación. Se trata de intervenciones que afectan a zonas protegidas en las que para hacer rentable el patrimonio se realizan deliberadamente demoliciones de los espacios construidos manteniendo, eso sí, la apariencia del espacio público. Teóricamente se trata intervenciones de protección y conservación del patrimonio, pero sus resultados son la desaparición absoluta de la identidad física (fachadismo arquitectónico), paisajística (fatua transformación de los espacios públicos) y cultural (ridícula trivialización de la herencia histórica) de los lugares históricos; de los que desaparece la vida ciudadana, y las funciones quedan reducidas a una mera escenificación.

A la pérdida del patrimonio edificado hay que añadir la pérdida de coherencia urbana que daba la multiplicidad de funciones y la mezcla social. El PECH de Burgos protege la parte del patrimonio inmobiliario que participa del paisaje urbano; es decir, la fachada principal. Lo que se protege es lo visible desde el espacio público. Se parte del hecho de que el Centro Histórico se “usa” (se utiliza durante unas horas por turistas y visitantes) pero no se “vive”. Y a partir de ese criterio cobra especial interés el escenario urbano, en el que el usuario, que no es vecino, es considerado como un elemento externo, como un visitante dentro de un sistema en el que dominan las formas y el espacio. De ahí que consideremos este método de conservación del centro histórico como un fracaso.

Es un fracaso desde el punto de vista arquitectónico . Por un lado se admite que lo único que se ha de salvar ha de ser la fachada, para que el espacio público no se vea alterado; aunque el resto del inmueble se eche abajo para dar cabida a otra función. Se produce así la paradoja de que lo único que se salva de la arquitectura (tradicionalmente definida por la correspondencia entre forma y función) es lo más ajeno a ella; puesto que sólo se protege el espacio público, es decir: el aspecto formal visible desde el espacio público. Un plano únicamente, una cara, separa lo que es el espacio privado de las construcciones, y la calle. Lo que está en el lado público es lo que se impone, la fachada, que pertenece a los espectadores, no al edificio. Lo más llamativo es que sean los propios arquitectos los que acepten y propaguen este tipo de intervención en los edificios, puesto que esta práctica, al reducir el valor del edificio únicamente a su fachada, reduce la arquitectura del edificio a la categoría de escultura, pura forma con independencia de la función.

Es un fracaso funcional. En realidad se genera una nueva relación espacial en la  ciudad, ya que se destina una parte de la misma (las zonas históricas) a su uso terciario, turístico y recreativo, sin residentes. El recurso del fachadismo es una forma de crear espacios públicos y espacios de representación que (con el pretexto del respeto al pasado, de la salvaguarda del Patrimonio y la imagen urbana) explota una cultura en la que el objetivo es el consumo del Centro Histórico, después de un proceso (provocado) de expulsión de su población. El elemento perdedor de este proceso, sin embargo, es el propio espacio público que se ve vaciado de significación por la pérdida de relación entre el espacio construido y el espacio libre y por la pérdida de multifuncionalidad. El fachadismo se justifica precisamente como método de mantenimiento del espacio público, aunque se pierda lo privado del inmueble; pero paradójicamente lo que provoca es su cambio radical; y ésta es otra de las contradicciones. Queda rota toda posibilidad de comprender la ciudad, porque se rompe la relación del edificio con su función, del espacio público con el espacio edificado. Los edificios ya no tienen relación con la parcela y se pierde la coherencia espacial y la jerarquía existente. Cambia también el uso de ambos, del edificio y del espacio público; y lo más grave de todo es que al cambiar el uso cambian los usuarios. Se altera, en fin, y se modifica el medio ambiente cultural.

La demolición de los inmuebles, manteniendo la imagen reconfortante de las fachadas del pasado es una peculiar e hipócrita tentativa de preservar el patrimonio histórico cada vez más extendida en Burgos, como sistema para mantener la memoria urbana como parte de la identidad colectiva. Esta práctica goza de mucha aceptación sin tener en cuenta que la memoria histórica de la ciudad tiene como base la relación de los ciudadanos, los edificios y sus funciones. Eso es lo que crea la identidad. Si cambian los edificios y las funciones, y cambian las personas es imposible mantener la identidad. Por el contrario (y como consecuencia de las nuevas funciones, de los nuevos contenidos económicos y sociales y de las nuevas formas) surge un cambio en el simbolismo y en la significación del Centro Histórico, es decir en la interpretación de los habitantes y usuarios de la ciudad. Y a partir de ese momento se fracciona el espacio urbano y se ordena de otra manera la ciudad; y al Centro Histórico de la ciudad se le asigna un nuevo uso en el sistema urbano. La cuestión del fachadismo, por tanto, no afecta únicamente a las estrategias de conservación del patrimonio inmobiliario, sino que tiene que ver con el uso que a partir de ahora se le asigna al Centro Histórico de la ciudad. Todo indica que se agota la capacidad de la ciudad para mantener la calidad de su patrimonio histórico con autenticidad. Si el fachadismo es una muestra, la otra lo es el tratamiento que se hace del espacio público, donde la ausencia de autenticidad cultural ha provocado una absoluta homogeneización de todos los barrios de la ciudad y de todas las ciudades.

 

La uniformización progresiva de las ciudades: un segundo paso en la destrucción del patrimonio urbano

Ahora que la población ha tomado conciencia de la importancia que tiene la personalidad del lugar y de que el paisaje de la ciudad está formado no sólo por su arquitectura, monumental y doméstica, sino por el conjunto de calles, plazas y por la trama que configura su imagen; precisamente ahora, surge un problema nuevo que produce una pérdida de identidad debida no sólo a las actuaciones en los edificios sino a las que afectan al espacio público. Si el fachadismo arquitectónico no garantiza la conservación, el diseño urbano ha anulado la identidad de la ciudad histórica. La trama, el tejido urbano, es lo que nos permitía todavía identificar los cascos históricos de aquellas ciudades españolas en las que la destrucción de arquitecturas de carácter popular había sido grande. El problema es que hoy se desdibuja por una serie de elementos que marcan nuevos trazados que varían de forma radical la herencia existente.

Con el empeño de embellecer y dotar de calidad a los espacios públicos de la zona histórica como si les faltara calidad y belleza, el Ayuntamiento de Burgos ha conseguido que éstos hayan perdido la capacidad de sorprender y provocar sensaciones placenteras y de disfrute del patrimonio, puesto que han sido sodomizados por una serie de elementos de diseño, tan ridículos como innecesarios para la población y que agreden el espacio hasta aniquilarlo como elemento patrimonial identificador y diferenciador de la ciudad histórica. Por eso hablamos de “crisis del Patrimonio”, por la pérdida del espacio público, que queda así reducido a mero soporte físico despojado de su autenticidad cultural. El espacio público se esfuma con estas realizaciones y el patrimonio cultural como factor de identidad desaparece. Gracias al espacio público es posible disfrutar del espacio construido, ya que es la base sobre la que se asienta. Si la utilización sistemática del recurso del fachadismo se justifica (aunque destruya todo el inmueble) porque “al menos” se preserva la fachada visible desde el espacio público, la colocación estratégica de toda una batería de artilugios (mobiliario urbano) impide ver lo único que se preserva de las edificaciones, por lo que podemos afirmar que con unas y otras medidas se está produciendo la muerte del patrimonio urbano. Por otro lado la homogeneización del espacio nos hace perder la ciudad, la dimensión histórica de la ciudad.

Las obras especiales para mejorar la imagen del espacio público dan como resultado un modelo común. La instalación de contenedores, papeleras, marquesinas, soportes informativos  -tipo MUPI, o tipo mástil-, relojes, columnas, paneles, kioscos de prensa, aseos públicos automáticos y distribuidores automáticos de planos han convertido las ciudades en auténticos escaparates publicitarios utilizados por las grandes firmas nacionales e internacionales, que son las únicas que pueden acceder a ellos dado el elevado precio que alcanzan. Cada campaña publicitaria marca el paisaje urbano de los distintos barrios de la ciudad y de todas las ciudades por igual. Teóricamente los ayuntamientos tratan de embellecer el espacio urbano con estas realizaciones, pero los intentos de diseñar espacios dotados de un ambiente exclusivo fracasan porque se llenan de elementos unificadores. A los ya señalados hay que añadir la gama del hierro, formada por chinchetones, bolardos, horquillas, macetones, parterres de flores y farolas fernandinas, que impiden las emociones y que no tienen ninguna significación subjetiva que permita la percepción y la identificación con el espacio. El mobiliario urbano, en fin, ha roto la diversidad regional, por lo que se podría afirmar que caminamos hacia un paisaje único.

 

La utilización escénica y teatral del espacio público

Uno de los objetivos del PECH de Burgos, la peatonalización de todas sus calles está consiguiendo no sólo la unificación o aniquilamiento de la personalidad del Centro Histórico, sino que también refuerza el papel de puro escenario que se le ha reservado. Las hileras de pivotes de hierro fundido son las actuales protagonistas del espacio de la ciudad histórica, son los símbolos que marcan la ruptura entre el pasado y el presente, puesto que preservan restringidas y embalsamadas reservas urbanas en detrimento de una consideración global del espacio urbano. Las zonas peatonales pretenden recuperar la calle para el peatón; pero para quien realmente han recuperado la ciudad es para las grandes empresas que ocupan el espacio físico con toda una gama de elementos que, englobados en la consideración de “mobiliario urbano”, marcan y neutralizan el espacio público anulándolo, y rompen la posibilidad de disfrutar de los elementos del patrimonio histórico. Lo que consiguen es segregar el espacio y romper la posibilidad de su contemplación y disfrute; y lo único que favorecen es la utilización escénica y teatral del espacio público.

Las operaciones de estética con que se pretende dotar de calidad al Centro Histórico, para lo único que sirven es para lograr la uniformización progresiva de todas la calles de todas las ciudades, y éste es un fenómeno que se ve acrecentado por los procesos de recreación ambiental y de animación de los centros históricos tan de moda en los tiempos que corren. Estas acciones suelen estar basadas en el falseamiento de la historia y la banalización del espacio público, y generan en los ciudadanos y en la administración un desprecio hacia los centros históricos desde el punto de vista funcional, ya que se les relega a soportar un uso “teatral” absolutamente ridículo. La estandarización, pues, también afecta al uso del espacio. Las administraciones públicas, y la de Burgos no podía ser menos, consideran los centros históricos y sus espacios públicos en particular como una gran superficie turística; por lo que programan representaciones de dudoso gusto y flagrantes distorsiones de la realidad histórica que resultan ser nada más que recreación por un día de la idea de “gran superficie comercial”[7]. Son los famosos mercados medievales que proliferan omnipresentes desde hace unos años por todo el territorio. Plazas y calles de ciudades, villas y aldeas históricas acogen por unos días lo que se denomina el mercado de los sentidos, en el que se dan cita olores exóticos, colores brillantes, sonidos desconocidos y sabores sorprendentes. En estas singulares celebraciones no faltan actuaciones típicas de la época: desde un entierro conducido entre plañideras y traviesillos, hasta un teatrillo de cómicos que, además de acrobacias y juegos malabares, escenifican autos de fe en los que hay condenas de herejes, representaciones de venta de esclavos, quema de brujas, esponsales de fuego, aquelarres, romances y escarnios públicos. La ambientación proporcionada por pendones y antorchas, y un vestuario apropiado, convierte por unos días el espacio público en un lugar diferente pero el mismo en todos los sitios, donde artistas, cómicos, titiriteros, bufones, mesoneros, malabaristas y juglares, hilanderas, cuentacuentos, pitonisas, músicos, comediantes y zancudos, tragafuegos, ciegos y diablillos se mezclan con los mercaderes. El significado y sentido que este caótico y repetitivo espectáculo tiene en las ciudades españolas de hoy lo podemos ver en la presentación de la fiesta más celebrada en la ciudad ducal de Lerma. Durante los días 13 y 14 de agosto de 2000, Lerma organizó la Fiesta Barroca, para rememorar las grandiosas fiestas barrocas que su Duque celebraba en el siglo XVII para impresionar a los extranjeros que por allí pasaban, y en unos momentos en que la monarquía española se empeñaba en imponerse a Europa aparentando una inexistente superioridad económica. El Duque de Lerma intentaba mostrar un falso esplendor para ocultar la decadencia.

“De cómo ocultar la decadencia” de los centros históricos podría valer como lema para justificar estas celebraciones pseudohistóricas, recreaciones presuntamente respetuosas con el pasado patrimonial que se utilizan como un encantamiento para enmascarar la destrucción de ese pasado histórico. A través del relato de esta especie de delirio general que se ha alojado entre la población  (todo el mundo se vuelve actor en la ciudad espectáculo) da la impresión de que no existe capacidad por parte de las instituciones públicas para mantener la autenticidad del patrimonio urbano y la vida de la ciudad histórica. Posiblemente, a la vista de que los espacios históricos no tienen futuro se ha decidido usarlos para recrear el pasado y hacer más divertido el presente. Tal vez el triunfo de la cultura de la imagen y la diversión haya inoculado el virus del gusto por la representación, que hace necesaria la existencia de la una escena física y un fondo adecuados para realizar el juego. También es posible que las estrategias de animación y utilización de la fiesta como terapia colectiva sea fruto de una industria controlada por firmas especializadas que, junto con los gestores públicos, se empeñan en hacer de la ciudad un objeto de consumo cultural, para lo cual “todo vale” con tal de difundir una imagen atractiva para el exterior y para el interior, con mensajes que movilicen a los ciudadanos para convertirles en ocasiones en turistas en su propia ciudad[8]. Pero nos parece que la trivialización del pasado y del espacio público es un peligro porque refleja la superficialidad y banalidad con que se organiza la ciudad contemporánea y pone de manifiesto la incapacidad de solucionar los problemas de la ciudad histórica que nunca son de carácter estético sino ético. No son sólo cuestiones físicas sino funcionales y sociales. Por todo ello nos atrevemos a afirmar que el desarrollo del marketing y del espectáculo está conduciendo hacia una vida simulada “en clave de experiencia” donde la correlación cultura-comercio ocupa un lugar importantísimo y llega a considerar el espacio urbano únicamente como un espacio turístico. De ahí que la reivindicación de la ciudad lúdica y festiva por parte de la Administración municipal y el auge de las conmemoraciones históricas inventadas esté consagrando la ciudad a la falsificación en clave de fiesta y diversión.

 

¿Por qué hablamos de crisis de los Centros Históricos?

En realidad el fachadismo es sólo una de las caras de las importantes transformaciones que afectan a la organización de la ciudad actual como fruto de una ideología esteticista cuyos principios son la imagen, el juego, la diversión y la ficción[9]. El fachadismo afecta a una parte de la ciudad, el Centro Histórico, donde la cultura, el patrimonio construido, se considera como recurso productivo. Pero las leyes del mercado que controlan y diseñan el espacio de la ciudad no sólo aprovechan el espacio heredado sino que también fabrican nuevos productos culturales, para lo que se hace preciso crear un nuevo patrimonio para el nuevo milenio, a cuyas construcciones se les da el mismo nombre mágico de nuestro patrimonio más preciado, las nuevas catedrales, en las que se consolida la concepción de la ciudad-escaparate, para “vender ciudad”[10]. El Museo de la Evolución Humana, el Palacio de Congresos, Exposiciones y Auditorio, que todo ha diseñado Juan Navarro Baldeweg, se presentan como el nuevo centro del turismo cultural que conforman la otra faz de esta ciudad claramente dual que se desenvuelve entre la identidad del pasado y la modernidad del futuro. Fachadismo y nuevo patrimonio son los dos efectos del mismo proceso, cuyo objetivo es convertir la ciudad en un mercado atractivo; para lo cual ofrece sus fachadas, que dan aspecto a la ciudad histórica, que es sólo forma, sin relación con el espacio, y proyecta una nueva arquitectura, realizada por un arquitecto de fama mundial para que provoque la admiración y que también será forma, su función es variable[11]. A veces el patrimonio heredado, la ciudad histórica, también se convierte en espectáculo cuando se transforma la ciudad en un “parque temático!, donde toda la ciudad se vende[12].

Al comenzar el nuevo milenio Burgos padece las enormes contradicciones que caracterizan la ciudad contemporánea como resultado del triunfo de esa nueva supracultura homogeneizadora que es el turismo. La fragmentación y dualidad con que se nos presenta hoy la ciudad responde a la consideración(también dual) del fenómeno turístico, que se empeña en oponer el turismo cultural frente al turismo de masas, sintagma despectivo que menosprecia la capacidad intelectual del visitante; pero el turismo de masas es el enemigo más deseado. Desde que la actividad turística, antes de élite, se ha transformado en un fenómeno de masas, las élites intentan diferenciarse a través de nuevas formas de práctica turística. También en la ciudad. La dicotomía surge del cambio de uso de los espacios históricos y de la necesidad de construir unos espacios urbanos nuevos. Se configura así la ciudad dual, que es el resultado de la consideración de la ciudad como empresa que diseña lo que pretende ser nuevo patrimonio con una gran inversión emblemática en el solar de Caballería; y la ciudad como espectáculo, en la que se proyectan una serie de intervenciones específicas basadas en la estética y destinadas al embellecimiento del Centro Histórico dispuesto para la escenificación y listo para la mirada turística.

El Centro Histórico de la ciudad ha perdido la vida y la multifuncionalidad que le caracterizaba y ha dejado de pertenecer a sus habitantes; se ha convertido en un lugar vacío de contenido activo y útil. Hoy es considerado como una pieza especial que se destina a actividades de ocio, recreación y diversión para consumo de los ciudadanos que no viven en él y que se comportan como turistas en su propia ciudad[13]; y, sobre todo, para el uso intensivo del turismo de masas. A menudo al Centro Histórico se le asigna además una nueva función, la de ser laboratorio de nuevas experiencias, como las que se derivan de la peatonalización, y que culminan en iniciativas como “el día europeo sin coche”, en las que el experimento de ciudad sin coche queda reducida al Centro Histórico. Ello señala claramente la fragmentación y separación de esta pieza especial respecto de la ciudad global. La ruptura se marca más aún, ya que en el espacio acotado se organizan una serie de actos festivos que animan las islas ecológicas en que se convierten los barrios históricos. Es la parte de la ciudad que mejor soporta la arbitrariedad de las decisiones, porque, aunque llena de visitantes y turistas, está vacía de vecinos.

En nuestra opinión la peatonalización y la festivalización del Centro Histórico, lejos de recuperar el espacio urbano, lo transforma en un museo o en un parque temático orientado únicamente al uso turístico, cuyas consecuencias ya podemos evaluar a través de una crisis social provocada por el abandono de los residentes, que tienen que ir a la periferia, y de una crisis funcional dado que esta tematización y especialización festiva se pasa de moda fácilmente, por lo que el Centro Histórico queda desfasado frente a los cambios tecnológicos que ofrecen los parques temáticos. El Centro Histórico se queda viejo, no sirve ni a los ciudadanos, que lo abandonan, ni a los turistas, que buscan un ocio cada vez más excitante. Es un fracaso.

Si se pierde el patrimonio edificado, se desdibuja el espacio público y se alteran y falsifican las tradiciones que se celebran en la ciudad para ponerla en uso de quienes la visitan. No somos optimistas sobre la posibilidad de conservación del patrimonio cultural y no hay nada que nos permita augurar que va a mejorar la situación en un futuro inmediato.

La pérdida de patrimonio y el fracaso funcional de la ciudad histórica son paralelos a la necesidad de proponer nuevos modelos de ciudad y nuevas formas, lejos de la mímesis historicista que caracteriza el fachadismo. Los profundos cambios culturales han generado la necesidad de dotar a la ciudad de nuevas estéticas y nuevos espacios antes imposibles de imaginar sin las nuevas tecnologías. Estos espacios están dirigidos a satisfacer las necesidades culturales y sociales del ansiado turismo cultural o “turismo de calidad”, al que se le otorga capacidad adquisitiva y carácter ilustrado; y que a todos los ayuntamientos, también al de Burgos, no les importaría que fuera turismo cultural masivo. El Museo de la Evolución Humana, construido con nuevas tecnologías y dotado de todos los elementos de entretenimiento, excitación y educación, es el proyecto que el Ayuntamiento de Burgos pone a disposición de ese turismo ilustrado. Con él se intenta complementar el patrimonio histórico. Pero el espacio histórico presenta una gran pobreza, con un deterioro alarmante y con unas necesidades de regeneración y revitalización que quedan sin resolver. Se han producido demasiados desajustes provocados por problemas de habitabilidad, degradación social y pérdida de calidad de vida. Quizá no pueda sobrevivir. Quizá, una vez que se haya quedado vacío de contenido no sea necesaria su conservación.



[1] Así lo declara en uno de los paneles de la Exposición de los Proyectos presentado al Concurso de Ideas, celebrada en la Casa del Cordón de Burgos entre los días 26 de septiembre y 19 de octubre de 2000: “Un proyecto que (...) contribuirá a impulsar decisivamente la dinamización cultural, social y económica de nuestra ciudad, situando a Burgos entre las ciudades españolas y europeas de mayor proyección cultural. Como alcalde de Burgos siento gran satisfacción por el  interés que los burgaleses han demostrado por esta iniciativa que han hecho suya. Atapuerca ha encontrado un considerable eco nacional e internacional y este Museo será un centro de referencia mundial. (...) Poseemos un sector servicios en constante proceso de mejora, contamos con una ubicación estratégica de primer orden y un potencial cultural, de la mano de nuestro rico patrimonio y de los yacimientos de Atapuerca, que nos proporcionará un valor añadido que ha de colocarnos en unos niveles de proyección exterior, desarrollo y bienestar hasta ahora desconocidos”.

[2] AYUNTAMIENTO DE BURGOS: Consulta Internacional para el Solar de Caballería de Burgos (Museo de la Evolución Humana), 2000.

[3] GUTIÉRREZ, R.: “Transferencias, creatividad y rutina en los Centros Históricos de Iberoamérica. Políticas e improvisaciones”, en CAMPESINO, J. A. Y VELASCO, C. (coord.), Portugal-España: Ordenación territorial del suroeste comunitario, Universidad de Extremadura, Cáceres, 1996, pp. 347-359.

[4] CASTILLO, M. A.: “Presentación”, en CASTILLO, M. A. (ed.) Ciudades históricas: conservación y desarrollo, Fundación Argentaria-Visor, Madrid, 2000, pp. 11-16.

[5] CAMPESINO FERNÁNDEZ, J. A.: “El patrimonio estrella del siglo XXI en las viejas ciudades históricas: la competitividad cultural”, en CASTILLO, M. A. (ed.), Ciudades históricas: conservación y desarrollo, Fundación Argentaria- Visor, Madrid, 2000, pp. 35-43.

[6] Este es el deseo expresado por el Alcalde cuando escribía que “Burgos en este año 2000 se encuentra ante el reto de dejar su legado a las futuras generaciones. Los hombres y mujeres de este siglo admiramos cada día la Catedral y los muchos monumentos que tenemos la dicha de disfrutar. Ahora ha llegado el momento de que también nosotros seamos capaces de incorporar a nuestro patrimonio una gran obra que sea orgullo de los burgaleses en las próximas décadas”. Y éste era también el parecer expresado por Eudal Carbonell, Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez de Castro, codirectores del Proyecto de Atapuerca, quienes desde otro panel saludaban a los visitantes de la muestra referida más arriba declarando que “Burgos, a partir de la construcción del Museo en el Solar de Caballería, tendrá dos catedrales, la Gótica y la de la Evolución Humana. Es de esperar que beneficiará a la economía de la zona, pero también contribuirá de forma muy específica a la culturización de los habitantes de nuestro planeta”; Exposición de los Proyectos presentados al Concurso de Ideas, 26 de septiembre y 19 de octubre de 2000.

[7] CASTILLO, M. A. Ibídem.

[8] CAZES, G. H.: “Ciudades turísticas y grandes eventos”, conferencia inaugural del coloquio Turismo y transformaciones urbanas en el siglo XXI, AGE, Almería, 2000 (inédita).

[9] AMENDOLA, G.: La ciudad  postmoderna, Celeste ediciones, Madrid, 2000, pp. 285-307.

[10] MARCHENA GÓMEZ, M.: “Patrimonio y ciudad: nuevos escenarios de promoción y gestión del turismo urbano europeo”, en MARCHENA GÓMEZ, M. (ed.), Turismo urbano y patrimonio cultural. Una perspectiva europea, Diputación de Sevilla, Sevilla, 1998, pp. 9-35.

[11] FERNÁNDEZ ALBA, A.: “Al norte del futuro. A propósito del consumo estético de la arquitectura”, en ABC Cultural, 8 de julio de 2000, pp. 44 y 45.

[12] VERA, J. F. (Coord.): Análisis territorial del turismo, Ariel-Geografía, Barcelona, 1997, pp.159-164.

[13] AMENDOLA, G.: La ciudad  postmoderna, Celeste ediciones, Madrid, 2000, pp. 285-307.

 

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