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| Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) |
EL LUGAR DE LAS COSAS: REFLEXIONES SOBRE LA LIBERTAD DE INTERVENCIÓN EN LAS CIUDADES HISTÓRICASVíctor Fernández Salinas(España) 1.
Caos, armonía y contrapunto
El caos es alegre, la armonía sosegante y el contrapunto es a veces sorprendente y siempre equilibrador. Damos por cierto que el ritmo es lo que impide que el caos sea enloquecedor, la armonía aburrida y el contrapunto una serie de impactos inesperados y desagradables. Y es la historia la que ha ido decantando los distintos ritmos de caos, armonías y contrapuntos que hacen de los conjuntos y sitios históricos espacios de interés patrimonial, pero sobre todo, lugares. El
lugar, tomado tanto en su acepción
antropológica como espacio de encuentro y de construcción social, o en
su dimensión geográfica como espacio con personalidad propia, es un
concepto fundamental en el mundo del patrimonio al tratar de conjuntos,
sitios históricos o entornos. La
capacidad de servir como espacio de sociabilidad o de lugar con identidad
propia depende en gran parte del ritmo con el que se crucen en este
espacio los conceptos anteriores: caos,
armonía y contrapunto. Es
una verdad aceptada desde la antigüedad que la falta de geometría en
urbanismo no es sinónimo de ausencia de armonía. También lo es que el
plano laberíntico y sin aparente lógica de las ciudades de traza
musulmana cumple su función de ciudad privada e íntima. Por último,
nada contribuye más a la hermosura de tantas ciudades europeas o
iberoamericanas como el contrapunto de las torres de sus iglesias, sean éstas
góticas, barrocas o del estilo que sean; contrapunto que complementa la
melodía principal de su caserío modesto y horizontal. El
modo de crecimiento orgánico de la ciudad preindustrial, aunque a veces
fuese parcialmente objeto de planificaciones parciales, ha contribuido a
un cierto romanticismo por el desarrollo de la ciudad libre, que crece a
expensas de lo anterior, y a menudo a costa de destruir parte de sí
misma; y cuyos resultados no han hecho otra cosa que reforzar estas
ciudades como espacios llenos de lugares, de lugares de encuentro, de lugares con personalidad.
Los ejemplos son incontables: desde
la simpleza y orden de las plazas mayores castellanas a la yuxtaposición
de tramas y estilos en lugares como Toledo o Nápoles. Las
cartas, declaraciones y conclusiones de encuentros sobre patrimonio (ya
desde Atenas en 1931, pasando por Venecia, Quito, Ámsterdam,
Washington...), intentan preservar con medidas fácilmente expresables en
criterios técnicos, esa magia, esa atmósfera, esa capacidad de los
lugares para evocar pasado y hacer presente.
No es una cuestión fácil, pues, en ocasiones, la citada atmósfera
es más que una sucesión de tipologías arquitectónicas, con unos
colores y volúmenes específicos, con una relación determinada con la
vegetación y con unas formas sociales tradicionales de ocupar el espacio.
Hay aspectos, como el de la animación urbana, que escapa en buena
parte a la reglamentación urbanística; y no olvidemos que esta
reglamentación es hoy el pilar básico de la tutela de los conjuntos históricos. El
urbanismo no se lleva mal con la armonía, pero es difícil de combinar
con el caos, especialmente cuando el caos es una de las claves de la
personalidad de un lugar, y tampoco casa bien con el término de
contrapunto. El término de
edificio singular (de alguna manera el que recoge este carácter de
contrapunto y que con ligeras diferencias de término expresa en buena
parte de la literatura patrimonial-urbanística la presencia de un
edificio que destaca por su carácter monumental, histórico o simbólico)
es un término muy controvertido al establecer desde el urbanismo su
tutela patrimonial. La
discusión puede plantearse sobre si los conjuntos históricos son lugares
en los que establecer hoy, por encima de sus características de caos o
armonía, elementos de contrapunto en un lenguaje actual; o si, por el
contrario, esta aportación actual ha de hacerse desde la integración en
las dimensiones de caos o armonía como discurso general de esos sectores
urbanos, respetando los hitos heredados de otras épocas como los
verdaderos protagonistas del paisaje urbano en el que fueron concebidos. 2.
Cada cosa en su lugar
La
capacidad de la sociedad actual para transformar los espacios, urbanos,
rurales y naturales es tal que no puede ser comparada a ninguna época
anterior. La arquitectura y la
ingeniería disponen de recursos para salvar obstáculos de relieve e
hidrográficos como para recontextualizar a
una ciudad en un período de tiempo muy corto. La
discusión sobre la transformación de la ciudad no está tanto en el cómo
preservar el pasado, sobre lo que ya se ha escrito mucho y bien, como más
bien en la manera en la cual debe incorporarse el discurso contemporáneo
e imbricarse en los tejidos que componen la urdimbre histórica de la
ciudad. La
introducción de nuevos elementos arquitectónicos no ha de competir nunca
con las claves o contrapuntos del entramado en el que se halle.
Y la competencia puede entenderse en términos de volumen, de
lenguaje arquitectónico o simplemente de silencio: ya que a veces el vacío
es uno de los aspectos que puede romper de manera irreparable la esencia
del lugar. Ha de recordarse
que la máxima minimalista de que menos es más, sólo es cierto dependiendo del dónde y del cuándo
en el espacio e historia de la ciudad.
Una cosa es preservar los vacíos urbanos y otra vaciar la ciudad,
como sucede en muchas ocasiones en la renovación de los espacios públicos.
Una cosa es la simpleza y modestia de los espacios y otra la
pobreza en el diseño urbano. A
menudo, la arquitectura actual en los tejidos históricos, sean estos
medievales, barrocos, decimonónicos o incluso en espacios urbanos del XX,
gusta de crear nuevos hitos verticales y nuevos vacíos horizontales.
Respecto a los segundos, a los nuevos vacíos, cabe sólo señalar
que si bien los espacios públicos han sido, a juzgar por los grabados
históricos, espacios con escasos elementos urbanos, también es cierto
que el siglo XIX y buena parte del XX nos han enseñando a valorar los
espacios públicos como lugares equipados, amueblados y decorados. Pero
respecto a los citados hitos verticales, debe recordarse que no se puede
reclamar la libertad absoluta de actuación en la ciudad como arma
arrojadiza frente a las mal llamadas ideas excesivamente conservacionistas
en patrimonio. Cada cosa, y la libertad también, tiene su lugar en la
ciudad; y la libertad ha de entenderse según el diálogo que impone cada
contexto histórico. Aducir
que si se aplicasen los principios actuales no se habría construido la
fachada barroca del Obradoiro en la catedral románica de Santiago de
Compostela o que San Pedro del Vaticano no se habría construido para no
destruir la basílica paleocristiana a la que sustituyó son actitudes
demagógicas respecto al patrimonio, muy del gusto por cierto de muchos
arquitectos. A esto cabría
argüir que si bien en su contexto histórico nadie puso objeción a
dichas obras, también lo es que cuando se construyeron ésos y otros
muchos edificios que son hoy los hitos de tantas ciudades del planeta: a)
no existía un crecimiento planificado de la ciudad, de hecho la teoría
urbanística contemporánea estaba por escribirse; b) no se realizaban
prospecciones arqueológicas con las nuevas construcciones; c) no se había
ni siquiera imaginado lo que hoy llamamos teoría de la restauración, que
desde Viollet le Duc y Ruskin hasta hoy ha dado tanto que hablar y que
escribir; además, y d) la mayor parte de la arquitectura se hacía sin
arquitectos... ¿Queremos realmente volver a la libertad de la época
medieval, renacentista o moderna? En
la ciudad histórica cada cosa tiene su lugar; y el concepto de libertad y
creatividad contemporánea, también.
Si el orden urbano o el desorden imponen una lógica urbana, que a
veces es una aparente ausencia de lógica, la aportación contemporánea
no puede ser enmendar y mejorar el original con ojos postindustriales.
En la mayor parte de los tejidos históricos, los hitos, los
contrapuntos en la composición urbana ya están dados, y no son de recibo
actuaciones que, como nuevas catedrales, crean enormes volúmenes, muy a
menudo cubos, en entornos tan dispares como el conjunto histórico de
Cuenca, el de Salamanca, el del Prado en Madrid o en la desembocadura del
Urumea en San Sebastián, por muy aplaudidos que sean por parte de muchos
arquitectos. En
este sentido, y para terminar, reclamo una mayor responsabilidad respecto
a la obra edilicia. Triste obra arquitectónica la que sólo es
comprendida por los arquitectos y viaja y se difunde en revistas y en
congresos arquitectónicos. Cuando
una obra se impone en el paisaje urbano (y hoy una simple firma Bofill,
Moneo o Calatrava justifica cualquier cosa) y no es entendida por el
entorno social, eso debería dar lugar a una reflexión crítica por parte
del autor de dicha obra. Si yo, como geógrafo, comprobase que sólo mis
colegas entienden mis propuestas para intervenir en la ciudad, y dejase
perpleja al resto de la sociedad, eso a mí me preocuparía mucho.
Me gustaría que tal pregunta se la hiciesen muchos arquitectos en
los que aún reside una gran capacidad de intervención y decisión sobre
el devenir de las ciudades históricas; lo que es decir lo más rico del
patrimonio del género humano, porque nada nos ha salido mejor y más
complejo, y su duración y adaptabilidad lo avalan, que nuestras ciudades.
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