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Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) 
 

LAS TRAZAS DE CIUDADES HISTÓRICAS IBEROAMERICANAS Y SU VALOR TEStIMONIAL. ALGUNOS  CASOS  DE  LA ARGENTINA   HISPÁNICA


Alberto S. J. de Paula

(Argentina)

   

HIPÓTESIS DE TRABAJO

Las trazas de las ciudades históricas tienen varios significados, en aspectos sociales y urbanísticos. Son cualitativos, e independientes tanto de la magnitud como de la trascendencia cultural de la ciudad. Dichas trazas son, en sí mismas, documentos del pasado local. Complementadas con el análisis de otras fuentes históricas, hacen posible interpretar y recordar en forma cotidiana, aspectos importantes de la evolución urbana. Por eso son testimonios y elementos valiosos del patrimonio tangible. Su claro conocimiento favorece la identidad y el sentido de pertenencia a la comunidad. El respeto hacia la nomenclatura antigua y tradicional, beneficia y simplifica ese conocimiento en muchos casos.

Las trazas son el sustento de los tejidos urbanos. Por lo tanto son también la base de los entornos monumentales. El manejo urbanístico alcanza en esas zonas el máximo nivel de compromiso. Una alteración de la traza puede allí trastornar la expresión y el significado del patrimonio arquitectónico.

Excepción hecha de las ciudades muertas, o trazas arqueológicas, los centros urbanos vivos son organismos dinámicos. El buen uso de la traza como bien cultural debe consistir en hacer compatibles sus funciones circulatorias esenciales y la conservación de sus características.

Las trazas son siempre valores económicos. Ellas contienen los ejes del parcelario urbano y la infraestructura de servicios de la ciudad. Estos aspectos también han de tenerse en cuenta.

Las trazas históricas son siempre el resultado de la obra colectiva de la comunidad a lo largo del tiempo. Algunas de ellas, o partes de ellas, pueden corresponder además a la autoría de profesionales o artistas en forma individual. Forman parte –desde luego– de la historia urbana y del estudio de la morfología, y también pueden integrar un capítulo importante en la historia general, especialmente en aquellos lugares y períodos cuando más intensa es la construcción de los espacios urbanos.

Entre el desafortunado enfoque de la Carta de Atenas del Urbanismo (1933/1941), el valioso aporte del Coloquio de Quito (1977) y la Carta Internacional de Ciudades Históricas (1987) hay una esperanzadora evolución de criterios que, en el futuro, cimentará nuevas y mejores concepciones.


CENTROS HISTÓRICOS

Los centros históricos son resultados de la labor colectiva de los pueblos a través del tiempo. Por eso su valor y su significado conciernen en primer término a su comunidad, cuya identidad individual expresan. De ahí en más, la trascendencia de cada centro puede aumentar en cuanto suscite el interés de otras comunidades, hasta el caso límite de ser un patrimonio común de la humanidad. Pero esta escala, que varía desde el vecindario de uno o varios poblados hasta la estima universal, nunca invalida el significado específico que un centro histórico puede asumir para sus habitantes, como emblema de su identidad social.

El Coloquio de Quito “sobre la preservación de los centros históricos ante el crecimiento de las ciudades contemporáneas”, celebrado en marzo de 1977, acordó en sus Conclusiones una definición con alcances amplios y genéricos en sus dos primeros párrafos. [1]

“Este Coloquio define como Centros Históricos a todos aquellos asentamientos humanos vivos,  fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles como representativos de la evolución de un pueblo. 

Como tales se comprenden tanto asentamientos que se mantienen íntegros, desde aldeas a ciudades, como aquellos que a causa de su crecimiento, constituyen hoy parte o partes de una estructura mayor.”

Los otros dos párrafos de esta definición aluden a los centros históricos de más valor artístico, aunque algunos contenidos también son generales, como la importante afirmación final. 

“Los centros históricos  –por sí mismos y por el acervo monumental que contienen– representan no solamente un incuestionable valor cultural, sino también económico y social.

Los centros históricos no sólo son patrimonio cultural de la humanidad, sino que pertenecen en forma particular a todos aquellos sectores sociales que los habitan” [

 

 

LAS TRAZAS DE LOS CENTROS HISTÓRICOS

Entre los elementos tangibles que componen el centro histórico, el más antiguo y permanente suele ser la traza, que también es producto de la labor conjunta de la comunidad, aun cuando reconozca un autor específico e individual.

En general, las trazas expresan el modo particular de relación de una sociedad con su medio natural; desde el origen del asentamiento; registran sus transformaciones posteriores y documentan su evolución. Dicha relación transcurre a través del tiempo, por lo cual es historiable; y se desarrolla en el espacio, donde las características del proceso evolutivo quedan registradas en fases sucesivas.

Podemos diferenciar, según su estado presente, dos grandes grupos de trazas urbanas: las arqueológicas y las que están en uso. Nos detendremos en estas últimas que, como tejidos vivos, deben cumplir siempre sus funciones básicas.

La “Carta de Atenas del Urbanismo”, acordada en el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna de 1933, aunque editada en 1941, contiene pautas contradictorias respecto de las trazas en particular.[2]  La cláusula 68 autoriza su alteración en ciertos casos. Por ejemplo, cuando el crecimiento de la ciudad crea situaciones peligrosas, de las cuales no hay salida sin ciertos sacrificios. Leemos que en tales casos:

 

“… el obstáculo no podrá ser suprimido sino por la demolición. Pero cuando esta medida entraña la destrucción de verdaderos valores arquitectónicos, históricos o espirituales, más vale, sin duda, la búsqueda de otra solución.”

 

Algunas soluciones propuestas son la construcción de vías de circunvalación, para derivar el tránsito en torno de las áreas históricas, o túneles para cruzarlas por debajo.

La cláusula 69 de la misma Carta, expresa en el encabezado:

“La destrucción de tugurios alrededor de los monumentos históricos dará ocasión de crear superficies verdes.”

Los monumentos aparecerían así en un ambiente nuevo

“…inesperado, puede ser –leemos– pero ciertamente tolerable, y con el cual los barrios vecinos quedarán beneficiados.”

Este deplorable enfoque, no era novedoso. Tenía precedentes como la destrucción del entorno de la catedral de París, explícitamente criticada por Víctor Hugo en términos de gran severidad.[3]  Estas cláusulas, además, justificaron teóricamente no pocas depredaciones cometidas por planificadores municipales, en ciudades históricas de Hispanoamérica y Brasil.

Sería extenso detallar la evolución del pensamiento teórico en la segunda mitad del siglo XX. La “Carta Internacional para la conservación de las ciudades y áreas urbanas históricas”, adoptada por ICOMOS en Washington, en octubre de 1987[4],  contiene puntos de vista mucho más satisfactorios con relación a nuestro tema:

“Artículo 2°. Los valores a conservar son el carácter histórico de la ciudad o conjunto y la suma de elementos materiales o espirituales que determinan su imagen. Especialmente:

a) la forma urbana definida por la trama y el parcelario.

 […]

e) las diversas funciones de la ciudad adquiridas en el curso de su historia.”

En síntesis, las trazas históricas tienen más de un significado y más de un valor a respetar. Ellas son, a la vez, documentos del pasado, base esencial de los entornos monumentales y estructuras urbanísticas de la vida ciudadana. La “Carta de Atenas” de 1933 privilegiaba esta última función, hacía subsidiaria la segunda y menospreciaba la primera. El pensamiento teórico del siglo XX evolucionó en términos de un mayor equilibrio conceptual.

Las trazas urbanas, complementadas con el análisis de otras fuentes referenciales del pasado, pueden ser testimonios materiales claros y sencillos para interpretar y recordar, día a día: el nacimiento, el crecimiento, y la vida propia de la ciudad. Con una administración urbanística y cultural adecuada, la interpretación de una traza favorece el conocimiento del pasado y el sentido de pertenencia a la comunidad.

Los monumentos nacen de ellas y deben la jerarquía de tales a su relación de magnitudes con el tejido que los acompaña, y con la trama donde éste se sustenta, y cuya destrucción o alteración cambiaría el sentido del patrimonio monumental y de toda la ciudad. Conservar el entorno supone mantenerlo con funciones compatibles, con buenas condiciones de uso y habitabilidad y, en definitiva, con calidad de vida.

 

 

TRAZA Y CIUDAD EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA

El concepto restringido de “ciudad” que utilizamos hoy, y que no titubeamos en hacer sinónimo de “urbe”, no estaba generalizado en la América Española, donde la palabra “ciudad” expresaba una idea muy amplia en sus alcances espaciales, a semejanza de la “polis” griega. Los Cabildos y los escribanos expresaban esta idea amplia mediante una serie de frases en orden concéntrico:

 

La traza de la ciudad era la zona urbana, con su retícula de cuadras regular o irregular.

El ejido de la ciudad era el área de uso común y propiedad comunal, en la inmediata periferia.

Los términos de la ciudad era la designación aplicada al ámbito rural de su jurisdicción.

En el caso particular de las provincias del Río de la Plata, la historia urbana del período hispánico abarca dos ciclos principales de fundaciones: el metropolitano (siglos XVI/XVII, y que incluye doce capitales de provincias y algunos pequeños poblados) y la Ilustración (entre 1750 y 1810, aproximadamente). Durante esta segunda etapa, el total de nuevas poblaciones alcanzó a 179 y, aunque 47 de ellas se extinguieron, esta gran siembra dio origen a sólidas redes de ciudades intermedias en Argentina, Uruguay, y Paraguay.

Las fundaciones del siglo XVI no fueron aisladas ni arbitrarias, salvo unas pocas y breves excepciones. El conocimiento del territorio y de sus vías de comunicación, sustentó la formación y la subsistencia de la naciente red de ciudades hispano-criollas [5].

En cuanto a la morfología, las fundaciones del siglo XVI corresponden en general al tipo cuadricular, según el modelo prototípico de Lima (1535) que constituye una variante equilátera de la traza rectangular dada por Cortés en 1524 a la ciudad de Méjico. Ésta tenía como precedente los trazados cuadrangulares caribeños, de principios de aquel siglo: y éstos a su vez, a las tramas reticulares descritas en las Leyes de Partidas del rey Alfonso X “el Sabio”.

Sabemos que las ciudades con fundación española planificada correspondían, en América del Sur en general y en el Río de la Plata en especial, al mencionado prototipo cuadricular limeño. Pero las áreas urbanas de los centros portuarios y mineros, entre otros, tenían trazados espontáneos, algunos con retícula irregular y otros geomórficos o dispersos. Muchos pequeños pueblos de indios fueron también caseríos dispersos, hasta el ciclo de gran renovación urbana iniciado en las Misiones Jesuíticas de Guaraníes a fines del XVII.

Trazas reticuladas irregulares tienen los puertos de Cartagena de Indias, Guayaquil, Callao y Valparaíso, entre otros. Asunción del Paraguay, casa-fuerte en 1537 y ciudad cuatro años después, tuvo trama dispersa hasta muy entrado el siglo XIX. Potosí, centro minero poblado en 1546, fue geomórfico desde su origen, hasta la demarcación ordenada por el virrey Toledo, entre 1572 y 1573.

El urbanismo de la Ilustración desarrolló en el Río de la Plata las mismas tipologías ya descritas. La principal novedad, digna de funcionarios eruditos, fue el intento de utilizar el prototipo indiano legal, contenido en la Real Provisión para nuevos descubrimientos y poblaciones, de 1573. El proyecto urbanístico de esta normativa careció de ejemplos en América Española hasta el último tercio del siglo XVIII. Por iniciativa del virrey Vértiz y del secretario Sobremonte, hubo entonces varias aplicaciones de este modelo, todas con variantes.

Los principales ejemplos urbanísticos del modelo “indiano legal” subsisten hoy en Uruguay, y el mejor de todos es, sin duda, la ciudad uruguaya de Concepción de Minas, aunque ninguno cumple el total de los requerimientos planeados en la ley.

Las seis fundaciones hechas entonces (1779 a 1785) en la banda norte del río Salado bonaerense, también seguían este prototipo con variantes, pero entre 1820 y 1830 sus trazados fueron reconvertidos al modelo cuadricular. Estas alteraciones coincidieron con un cambio básico de funciones en estos asentamientos de frontera, formados junto a un fuerte o fortín, que entonces pasaron a ser centros civiles, y cabeceras de sus distritos respectivos.

 

TOPONIMIA Y NOMENCLATURA URBANA

 Las denominaciones antiguas y tradicionales de lugares y ciudades, calles, plazas y paseos, en muchos casos de origen popular, suelen hacer más simple y comprensible el significado de viejos recorridos y funciones urbanas. A veces guardan la memoria de personas o hechos con relación inmediata al pasado local y, al consolidar el eje histórico de referencia, contribuyen a la identidad común.

El historicismo positivista del siglo XIX produjo, especialmente en ciertos países iberoamericanos, la adjudicación (arbitraria muchas veces) de nombres de próceres, héroes y hechos desligados de todo vínculo específico con el lugar. Ese manejo autoritario de la nomenclatura, a más de antidemocrático, es perjudicial para la conciencia de las identidades lugareñas.

 

ANÁLISIS DE CASOS

La presentación de casos como ejemplos posibles en la Argentina hispánica (1527 – 1810) sería extensa. A título ilustrativo y complementario del texto principal, quedan seleccionados cuatro centros urbanos, diversos en cuanto a sus orígenes, ubicaciones geográficas, morfología y situaciones internas particulares.

 

San Francisco de Yavi (Jujuy)

Ubicado sobre la ruta de San Salvador de Jujuy al Alto Perú, en la quebrada del cauce este del río Sococha. A fines del siglo XVII este paraje era el casco de la hacienda San Francisco de Aicar, de la familia Ovando. El marqués del Valle del Tojo, Juan José Campero, casado con Juana de Ovando y Zárate, fundó hacia 1773 el poblado de Yavi. Su traza tiene dos sectores separados por una acequia. Uno comprende el templo y la casa señorial, cuyas fachadas en ángulo recto cierran un atrio común o espacio de respeto. La plaza pública, al otro lado de la acequia, ha sido el centro del agrupamiento, cuya traza es irregular, con calles rectas. En 1825 el templo, de mucho valor artístico, fue erigido en sede parroquial. El camino favoreció su subsistencia durante muchos años. Hacia 1910 tenía 494 habitantes pero después sufrió un período de decadencia. La integración entre el paisaje natural y el medio construido, es una característica de alto interés.

 

San Isidro (Buenos Aires)

El casco de una chacra cercana a Buenos Aires, en el camino del norte y sobre las barrancas que caen al río de la Plata, quedó ampliado hacia 1694 con la construcción de una capilla, dedicada a San Isidro Labrador. En 1706 comenzó el agrupamiento de pobladores, sobre predios cedidos por el propietario para asegurar la rentabilidad del culto. El templo fue erigido como sede parroquial en 1730.

La aldea comenzó junto a la plaza, la iglesia y el camino. La posibilidad de que los vecinos adquiriesen las propiedades que ocupaban favoreció el crecimiento del poblado, que se extendió de manera espontánea e irregular. Hubo en 1812 y en 1862, proyectos formales de regularizar la traza en forma cuadricular pero ninguno prosperó.

La ciudad de San Isidro alcanzó gran importancia, pero en definitiva quedó incluida en el “Gran Buenos Aires” o ámbito de conurbación dominado por la red de comunicaciones radioconcéntrica del área metropolitana. La traza histórica de San Isidro conserva aún hoy su irregularidad urbanística, que contribuye sensiblemente a su propia identidad. En el solar de la capilla original ha sido construida la actual catedral (1895/1906) de alto valor monumental.

 

Carmen de Patagones (Buenos Aires)

Su emplazamiento en el valle inferior del río Negro, cerca de la desembocadura en el Atlántico Sur, ha sido resultado del Plan Patagónico impulsado por Carlos III en 1778, como defensa de esta región. Un fuerte de piedra quedó establecido en 1779 sobre un borde de la meseta patagónica, desde el cual cae una amplia barranca hacia la costa.

El 2 de octubre de 1779 comenzó el arribo de los pobladores contratados por la Corona. El compromiso asumido con ellos incluía la provisión de viviendas y, para el caso, el ingeniero José Pérez Brito preparó el proyecto de la nueva población de Nueva Murcia, con planta cuadricular. El retraso en concretarlo determinó que, tras un período de alojamientos provisorios, los habitantes adaptasen para sus moradas las cuevas que ellos excavaron en el talud de la barranca. El resultado ha sido una traza irregular, geomórfica, muy poco común en Argentina. En 1802 el proyecto Nueva Murcia tuvo concreción parcial, sobre la meseta y a merced de los vientos. Los pobladores lo abandonaron pronto.

Al mediar el siglo XIX la traza avanzó sobre el borde superior de la barranca, con una trama cuadrangular. La primera cuadra regular en la meseta misma quedó demarcada en 1854. Luego de otros avances irregulares, el ingeniero Luis Alvino delineó en 1884 un trazado en cuadrícula y con diagonales, para el ensanche de la zona urbana, de magnitud considerable, concordante con el crecimiento demográfico alcanzado.

El emplazamiento del fuerte, demolido en 1882, lo ocupan ahora la iglesia parroquial, la casa municipal, la escuela pública y el colegio salesiano. Es la “manzana institucional” de la ciudad. Allí la torre del fuerte, celosamente conservada, sirve como testimonio explícito.

 

Chascomús (Buenos Aires)

Dentro del circuito de guardias defensivas emplazado en 1779 al norte del río Salado bonaerense, quedó establecido el fuerte de San Juan Bautista, junto a la laguna de Chascomús. El casco urbano quedó demarcado según el prototipo indiano legal, con plaza de armas lateral y el fuerte frente a ella, periférico, como casi todas las otras poblaciones de ese circuito. En octubre de 1780 arribó un contingente de familias inmigrantes, contratadas para el Plan Patagónico, y comenzó el agrupamiento de pobladores rurales de la zona para integrar el núcleo urbano.

Poco después de 1810 adquirió intensidad la extensión de los asentamientos rurales hacia el sur, donde quedó emplaza una guardia exterior. El fuerte de Chascomús perdió importancia estratégica. El caserío comenzó a desbordar sus límites fundacionales, y a rodear el recinto militar en forma desordenada y espontánea.

La traza quedó modificada entre 1825 y 1826, según la tipología cuadricular. Del prototipo indiano legal subsiste uno de los ejes, el transversal, en tanto el longitudinal o perpendicular al fuerte, ha sido eliminado. La proporción de la plaza de armas cambió de cuadrada a rectangular, a expensas de los fosos y parte de las murallas del antiguo fuerte, con lo cual el eje subsistente, al no coincidir ya con el centro de la plaza, perdió su expresión urbanística de eje.

Un ensanche de gran extensión, proyectado en 1855 por el agrimensor Jaime Arrufó, dejó al casco original circunvalado entre dos amplias avenidas y el borde irregular de la laguna. Este sector aparece designado en la cartografía de esa época, como “pueblo viejo”. La llegada del ferrocarril en 1865, generó un marcado crecimiento entre la plaza mayor y la estación, distante un kilómetro hacia el norte. En años posteriores hubo otros ensanches, aunque de menor tamaño.

La vieja plaza de armas agrupa ahora, en lados opuestos, a la antigua iglesia, hoy catedral, y al palacio municipal que ocupa –aproximadamente– el lugar del fuerte, demolido hacia mediados del siglo XIX. Es la típica concepción hispanoamericana de la plaza mayor, persistente en la cultura urbana de estos países y sus pu



[1]              [Autores Varios] Coloquio sobre la preservación de los centros históricos ante el crecimiento de las ciudades contemporáneas, Quito, UNESCO/PNUD, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1977, p. 89.

[2]              [Autores Varios], Normativa Internacional, Madrid, Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, 1987, p. 47 y ss.

[3]              Víctor Hugo, Nuestra Señora de París, prefacio agregado a la edición definitiva de 1832.

[4]              “Revista Científica ICOMOS, 2, Conservación de ciudades, pueblos y barrios históricos”, s. p. i. , 1993, p. 42.

[5]                Licenciado don Juan Matienzo, Gobierno del Perú, obra escrita en el siglo XVI, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires – Facultad de Filosofía y Letras – Sección de Historia, 1910. [El autor fue un destacado jurista, relator de la Real Audiencia de Valladolid y Oidor de la de Charcas, entre otros cargos. La obra fue escrita entre 1560 y 1573 y es ejemplo del análisis territorial realizado sobre la base de las exploraciones, para desarrollar la red de caminos y ciudades entre el Perú y el Atlántico Sur.]

 

 

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