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Seminario Internacional de Ciudades Históricas Iberoamericanas (Toledo, 2001) 
 

DISCURSO INAUGURAL


María Rosa Suárez-Inclán Ducassi

Presidenta de ICOMOS-España

 

En nombre de ICOMOS-España, y en el mío propio, deseo expresar nuestro sincero agradecimiento a la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio español de Educación, Cultura y Deporte, gracias a cuyo apoyo institucional y económico puede celebrarse este seminario. Igualmente, quiero extender nuestra gratitud al Ayuntamiento de Toledo y a la Dirección General de Bienes y Actividades Culturales de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha que también han contribuido, con su hospitalidad y generosas atenciones, a la realización del evento.

De la misma forma, agradezco la participación de los expertos que han acudido desde muy diversos países para aportar su esfuerzo y sus conocimientos a este empeño de común interés.

El hecho de que nos encontremos reunidos en esta ciudad histórica puede resultar a la vez evocador y estimulante. Algunos de nosotros podemos recordar nuestra particular vivencia en Toledo en el año 1987, con motivo de la redacción definitiva de la “Carta de Ciudades Históricas de ICOMOS” que fue aprobada poco después por su Asamblea General. El cúmulo de experiencias adquiridas en los catorce años transcurridos ofrece la posibilidad de analizar, por una parte, el grado de realismo y eficacia alcanzado en la práctica por sus postulados; y, por otra, reflexionar sobre la puesta al día de los instrumentos teóricos y operativos que pueden hacer viable su cumplimiento o, en su caso, su necesaria actualización.

Es también oportuno hacer una especial mención de otros hitos simbólicos que, dentro de una cronología más reciente, han contribuido decisivamente a impulsar y consolidar los esfuerzos de ICOMOS dentro del campo iberoamericano; y sin cuya existencia el presente seminario tendría que recorrer ahora un largo camino inicial. Me refiero a la serie de congresos y reuniones que han tenido lugar desde que el año 1997 celebramos las Primeras Jornadas Iberoamericanas de ICOMOS en San Millán de la Cogolla, Madrid y Alcalá de Henares. Los encuentros subsiguientes en Alicante (1997), La Laguna (1998), Ibiza (1999) y Guanajuato (1999) han ido robusteciendo la colaboración entre profesionales de los comités iberoamericanos dedicados a la conservación del patrimonio y creando una conciencia de solidaridad en torno a los elementos del patrimonio cultural que nos sirven de nexo común. También nos han ayudado a comprender la importancia de trabajar juntos en la defensa de los variados valores que encierran nuestras culturas.

El seminario que hoy nos reúne tiene por objeto centrarnos en el estudio de las ciudades históricas del área iberoamericana, y también poner en marcha una nueva etapa operativa del Subcomité Internacional de ICOMOS dedicado a ese mismo fin. Debo recordar que tras un largo período de negociaciones con el CIVVIH, éste acordó autorizar la creación de este Subcomité y dotarlo de unos Estatutos. Ya en 1997 tuvo lugar una primera reunión preparatoria en la Universidad de Alcalá, donde se invitó a los Comités nacionales de Iberoamérica a incorporar activamente a sus profesionales para llevar a cabo este propósito. Basándose en las respuestas recibidas, en el interés demostrado por la mayoría de ellos, y en dichos Estatutos, de esta primera reunión específica habrá de surgir un equipo directivo y un programa de trabajo para los próximos tres años.

Las materias seleccionadas para su estudio en esta ocasión guardan relación con los grandes temas objeto de preocupación mundial en el seno de ICOMOS; y, al mismo tiempo, inciden en las singulares características que, en medio de las particularidades propias de cada país y región, ofrece en su conjunto el vasto cosmos iberoamericano.  Así, la reflexión en torno a las ventajas e inconvenientes que representa el actual proceso de globalización universal, y la dicotomía que se genera en torno a la defensa de la identidad a escala internacional, puede y debe, a nuestro juicio, tener lugar en el marco de la comunidad iberoamericana que, junto a su especificidad, ofrece la posibilidad de contar, dentro del panorama mundial, con un amplio foro de expresión basado en afinidades e intereses generales y dotado de una común coherencia.

En mi experiencia como presidenta de un comité nacional y de un comité internacional de ICOMOS, vengo observando la tolerancia absoluta que se concede a otros foros o agrupaciones de países unidos por una historia con características comunes; como es el caso, entre otros, de los países escandinavos, o los del sudeste europeo. Esta natural comprensión no ha sido fácil de conseguir en nuestro caso, a pesar de que, basados en una evidencia espontánea, venimos trabajando en el ámbito cultural iberoamericano como una respuesta avalada por una realidad histórica trascendente. No es nuestro interés exclusivista ni contrario a las relaciones culturales (harto enriquecedoras para todos) con otras esferas culturales y geopolíticas. Para quienes formamos parte de esta realidad, más bien se trata de una forma de establecer un diálogo constructivo, a partir de nuestra personalidad diferenciada a escala internacional, con otros pueblos y culturas a los que no hemos dejado de invitar a nuestros congresos y reuniones en la inmensa mayoría de los casos. Quizá esa reticencia haya servido para dar una mayor cohesión a nuestro grupo cultural en defensa de los múltiples valores que encierra. En ello puede influir un convencimiento, más o menos consciente, de la necesidad de preservar la identidad a través de un amplio y complejo sistema distintivo capaz de enaltecer y defender la importancia de las diversas manifestaciones culturales insertas en su seno.  Esa compleja realidad que nos distingue y nos cobija no es otra que la gran comunidad iberoamericana de naciones y pueblos, contenedora de una inmensa y variada riqueza cultural. En ella pueden, sin duda, encontrar un eco diferenciado y familiar sus distintos y peculiares contenidos, dentro de la órbita globalizadora.

Otro de los temas objeto de estudio en este seminario es la conservación de las ciudades históricas iberoamericanas a la luz de la doctrina internacional de ICOMOS y de la Convención del Patrimonio Mundial y su Guía Operativa.

Antes de abordar este tema, quisiera pasar levemente la mirada por otras coordenadas culturales bien distintas a las nuestras. Y ello, para observar cómo otros pueblos con una historia más reciente o que han visto cuantiosamente mermado su patrimonio histórico como consecuencia de las  grandes guerras del siglo XX, se afanan en magnificar el que les resta, o a veces incluso en conseguir situar sus vestigios relativamente muy recientes en los grandes anales convencionales del patrimonio. Aunque para ello sea preciso forzar los límites tradicionalmente establecidos en diversos órdenes, tanto en lo relativo a su sustancia intrínseca o en su datación cronológica, como en los novedosos postulados acordados para su tratamiento en términos de conservación. Esta realidad, en sí perfectamente comprensible y aún encomiable, resulta mucho menos inteligente cuando se extrapolan sus premisas teóricas y prácticas a nuestra propia realidad cultural. Tal comportamiento redunda visiblemente en una pérdida cuantiosa e irreparable de nuestra personalidad y riqueza patrimonial.

Un repaso empírico y desapasionado de nuestras sociedades nos sitúa en una evidencia perfectamente constatable que podría medirse al cuantificar el patrimonio histórico que hemos perdido en nuestros países en las últimas décadas. Fuera de conceptualismos estériles y poco convincentes para la población en general y para nuestro solitario raciocinio en particular, la pregunta clave sería: ¿Cuánto hemos perdido? Y, en consecuencia: ¿Cuánto nos queda?

Desgraciadamente, y en términos generales, es preciso reconocer que las grandes lecciones de la historia se aprenden demasiado tarde. En nuestro turno vital, y con relación al patrimonio, entristece pensar que no aplicamos a tiempo un antídoto para evitar la consabida reacción futura ante las equivocaciones irreparables: “¡Si hubiéramos sabido...!”

A pesar de que en determinados ámbitos  (que, curiosamente coinciden en muchos casos con el de países ricos de talante institucional democrático) el carácter de organización no gubernamental consustancial a ICOMOS no se da claramente en la práctica, conviene recordar que fue concebido como una institución independiente, nutrida por profesionales libres que deben realizar su trabajo de forma voluntaria y no retribuida, ya sea directa o indirectamente. Esta misión supone necesariamente el celo por la observancia de los principios contenidos en las Cartas y otros documentos doctrinales de ICOMOS, con independencia de los intereses políticos y económicos de los gobiernos y administraciones públicas. Supone también aplicar el mismo método respecto al cumplimiento de la Convención de 1972 y su citada Guía Operativa, cuando se trata de bienes inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.  Máxime cuando el mundo iberoamericano atesora un elevado número de los mismos, especialmente de ciudades históricas y, sin embargo, es utópico afirmar que dichas normas (de obligado cumplimiento para los Estados que han suscrito la Convención) son conocidas y respetadas por las instancias responsables de su custodia y conservación. Esta situación invita a clarificar ampliamente ante las mismas que ICOMOS no debe ser considerado como una especie de agencia para obtener declaraciones de Patrimonio Mundial, ni como una consultoría sin reconocida capacidad de juicio; sino como un organismo encargado de asesorar a la UNESCO y a los respectivos Estados Parte, tanto respecto a la idoneidad o falta de idoneidad de las candidaturas, como en lo que respecta a la adecuada conservación de dichos bienes.

La misión encomendada por la UNESCO a ICOMOS, en perfecta armonía con sus metas fundacionales, es la elaboración de doctrina; así como la de velar, asesorar y evacuar informes y consultas sobre la adecuada conservación de ese patrimonio. No escapa, pues, a sus obligaciones el deber de reaccionar ante una política destructiva o una gestión inadecuada que ponga en peligro los valores universales reconocidos por la comunidad internacional a ese tipo de bienes. Este deber es tanto más acusado ante los casos (por desgracia frecuentes) en los que las autoridades responsables, tras haber obtenido la inscripción de una ciudad histórica o de algún bien que forma parte de la misma, demuestran no saber, no entender o no querer respetar dichos valores. La colaboración de ICOMOS para el cumplimiento de los fines y principios de la Convención no puede ser confundida ni desvirtuada entendiéndola en claves de complicidad. Si este hecho llegara a darse, nuestro organismo habría dejado de tener su razón de ser. La deseable colaboración exige necesariamente un clima de mutuo respeto entre las instancias político- administrativas competentes y los representantes de ICOMOS en cada país. Relación ésta en que cada parte debe asumir responsable e independientemente su papel. 

Un tercer tema elegido para su consideración en este seminario es el patrimonio intangible y su relación con las ciudades históricas. Hasta ahora, la apreciación práctica de los valores inmateriales del patrimonio respondía, en el mejor de los casos, a una asunción relativamente marginal e inconsciente de los mismos. Una apreciación indefinida que daba lugar a una fragilidad extrema a la hora de articular su defensa. Al analizar sus potencialidades y significado con relación al patrimonio inmueble y, en concreto, a las ciudades históricas, resulta difícil limitarse a afirmar que el patrimonio intangible esté constituido únicamente por las manifestaciones que conforman el elenco conceptual acuñado por la UNESCO: tradiciones orales, costumbres y representaciones no escritas, etc. Con independencia de reconocer la presencia y el valor de estas realidades culturales en la historia y vida de los núcleos de población, cuando nos referimos a este tipo de patrimonio inmaterial estamos haciendo también mención al significado profundo, a las genuinas motivaciones   que han dado lugar a las diferentes manifestaciones arquitectónicas, a la organización funcional, al trazado y composición estructural de una población. Se trata de aquellos elementos intangibles cuya lectura se nos ofrece a través de la propia obra física pero sin los cuales ésta pierde su auténtico mensaje histórico o, más aún, su original razón de ser en el contexto histórico-cultural.

Más allá, pues, de las manifestaciones que comúnmente vienen entendiéndose como patrimonio intangible, en las ciudades históricas éste se refleja en la filosofía que ha inspirado su construcción y devenir histórico, en la poesía que en ellas ha dejado el paso de sucesivas generaciones y que impregna su atmósfera; poesía, sentimientos, formas de entender la vida a lo largo del tiempo con cuyo aroma espiritual y sensible hemos nacido, amado y visto morir a nuestros seres queridos. Una particular e irrepetible idiosincrasia que refleja los valores incorporados a una cultura a través de la civilización y de la cual la ciudad histórica ha sido a la par expresión y fuente de inspiración.

Repasando las propias vivencias, acumuladas a lo largo de la vida, me atrevería a afirmar que las ciudades iberoamericanas no pueden ser vistas por todo el mundo con los mismos ojos. En innumerables ocasiones he acompañado a personas y grupos procedentes de diversos países a visitar Toledo. Soy consciente de que no todos pueden percibir de igual forma la ciudad  donde nos encontramos. Hay, sin duda, aspectos plásticos, de orden material y objetivo, que pueden ser captados y reproducidos visualmente de forma más o menos uniforme. Pero hay otros, que responden al latir profundo de los pueblos, a su tradicional escala de valores, a sus más acendrados gustos, sentimientos y costumbres, y que conforman claves tan sutiles como particulares a la hora de interpretar muchos factores que se entrelazan con su personal arraigo y sus emociones. Con independencia del rico y variado genius loci de cada país y cada población, hay un porcentaje de este tipo imponderable de factores inmateriales que acercan entre sí a los pueblos iberoamericanos y que constituyen un lenguaje probablemente descriptible en términos asépticos pero difícilmente descifrable en el terreno de los sentimientos para individuos de otras comunidades culturales. Quizá puedan valer de ejemplo las emociones sentidas por todos nosotros al asistir a la procesión del Corpus Christi recorriendo las calles de Toledo. Personalmente, creo que esta experiencia sería muy distinta si se diera con un grupo cultural no iberoamericano. No sólo la procesión en sí, sino los edificios, calles y plazas que le sirven de marco tradicional transpiran valores intangibles difícilmente explicables en términos de sensibilidad compartida.

Junto a esas connotaciones de tipo general, es evidente que en cada población histórica de la comunidad iberoamericana, el patrimonio intangible está presente en su particular personalidad e idiosincrasia, como una respuesta exclusiva a su historia y forma de ser. Cuestión de identidad. Y de valores éticos.

Conviene analizar esos valores recordando de nuevo a esas otras sociedades jóvenes a las que antes nos referíamos. ¿Qué harían actualmente con el patrimonio de nuestras ciudades y pueblos si lo tuvieran? ¿Qué tratamiento le darían aquellos que se afanan por vencer las barreras cronológicas y estilísticas para ensalzar sus rasgos de identidad y afirmar su propia personalidad?

Quizá este seminario pueda ayudarnos a establecer pautas de solidaridad y mutua ayuda para la conservación de nuestras ciudades históricas. Ojalá podamos contribuir a que no sea demasiado tarde para dejar una buena lección de cara a la historia.

 

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