Paisajes e itinerarios culturales: conceptos independientes que enriquecen la teoría y la práctica de la conservación cultural


 

Alberto Martorell Carreño

Desde los lejanos tiempos de la Conferencia de Madrid de 1904, hasta la actualidad, la teoría de la conservación del Patrimonio Cultural ha evolucionado considerablemente. En efecto, una de las conclusiones del referido evento fue que los monumentos deben ser divididos en dos clases, monumentos muertos p .ej. aquellos pertenecientes a una civilización pasada o que ha servido para propósitos obsoletos, y monumentos vivos, p. ej. aquellos que continúan sirviendo los propósitos para los que fueron originalmente diseñados. (Ver Getty Conservation. Cultural Heritage Policy Documents).  Resulta claro que se trata de una propuesta de clasificación que hoy no sería aceptada.

En este artículo no trataremos acerca del proceso de evolución del término monumento, que lo ha llevado a hacerse progresivamente más complejo y, al mismo tiempo, más completo, con el acuñamiento de nuevas expresiones como “monumento histórico-artístico” y “bien cultural” (González-Varas, 1999). Nos referiremos, en cambio, a los dos grandes conceptos que se han fortalecido en el último decenio: los paisajes culturales y, posteriormente, los itinerarios culturales.

Nos ha parecido importante  abordar ambos temas, debido a que existe una discusión doctrinal importante entre especialistas que consideran suficiente la primera de estas acepciones para referirse incluso a bienes culturales geográficamente distantes, (bajo el concepto de paisaje lineal)[1]; y los que defendemos ese segundo término como una forma independiente e innovadora, más integral y precisa, de entender las diversas influencias mutuas surgidas entre dos o más pueblos que estuvieron (o se mantienen aún) unidos por el hilo conductor de una ruta cultural e histórica.

El término paisaje cultural ha sido aceptado por la comunidad científica internacional e inclusive específicamente recogido entre las definiciones contenidas en las Directrices para la Aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural (UNESCO, 1972). Numerosas reuniones internacionales e instituciones importantes, como el Institute for Cultural Landscape Studies de la Universidad de Harvard, se consagran al estudio, difusión y consolidación de este tipo de Patrimonio Cultural. 

Las Directrices para la Aplicación a las que hacemos referencia, constituyen el “brazo operativo” de la Convención. No se trata de un documento estático, como se ha demostrado en la práctica, sino de un instrumento que inclusive, según muchos expertos, ha permitido la vigencia en el tiempo del espíritu de la Convención al adecuarse a las nuevas corrientes científicas y a las necesidades específicas para la conservación del Patrimonio Mundial. Actualmente, el Comité del Patrimonio Mundial, de la UNESCO, se halla inmerso en un proceso de modificación de las Directrices. Los responsables de decidir y aprobar el nuevo texto, tienen el reto de mantenerlo en la vanguardia científica en el campo de la conservación.

Justamente con el objetivo de estudiar el Anexo 4 (parte integral del proyecto de modificación de las Directrices)[2] y formular propuestas para su mejor redacción, el Comité Científico Internacional de Itinerarios Culturales (CIIC)[3] de ICOMOS ha organizado una reunión de expertos en Itinerarios Culturales, con participación del Centro del Patrimonio Mundial e ICOMOS, y con el auspicio del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España (Madrid, 30 y 31 de mayo de 2003)[4]. Comentaremos sus definiciones y conclusiones. No obstante, no olvidaremos el ya explicitado objetivo de este artículo: buscar que el lector comprenda las diferencias conceptuales y fácticas existentes entre “paisajes culturales” e “itinerarios culturales”, y aportar fundamentos para que se acepte la conveniencia científica de consagrar esta última categoría, con el nivel de independencia requerido, inclusive dentro de las propias Directrices de la Convención UNESCO-1972.

La reunión del CIIC de Madrid, mayo del 2003, ha planteado el siguiente concepto de Itinerarios Culturales:

Un itinerario cultural es una vía de comunicación terrestre, acuática, mixta o de otra naturaleza, físicamente determinada y caracterizada por tener su propia y específica dinámica y funcionalidad histórica, manifiesta en intercambios continuos multi-dimensionales y recíprocos de personas, bienes, ideas, conocimientos y valores en el interior de un país o entre varios países y regiones durante un periodo significativo de tiempo. Los itinerarios culturales han generado de esta manera una inter-fecundación de las culturas en el tiempo y en el espacio, lo que se refleja tanto en su patrimonio tangible como intangible.[5]  (Ver CIIC, 2003)

Estamos, por ende, frente a un nuevo campo de estudio. Sostenemos que se trata de una innovación de gran importancia teórica. Permitirá la comprensión de los bienes culturales como resultado de un proceso de encuentros e intercambios entre los seres humanos y las culturas. Este enfoque resulta útil, además, para buscar factores comunes en las raíces culturales de diversos pueblos y descubrir así elementos que los unen. Los itinerarios culturales pueden constituirse en un elemento de diálogo que contribuya a la preconizada “cultura de paz”, no porque dichos itinerarios sean manifestaciones de encuentros únicamente pacíficos. Sabemos bien que muchos de ellos han sido, en determinados momentos históricos, espacios en los que se han desarrollado difíciles etapas en las relaciones humanas, testimoniando guerras, violencia, explotación y muchos otros factores negativos. Sin embargo, inclusive en las más difíciles situaciones de desentendimiento, el sustrato cultural del ser humano ha reaccionado ante el encuentro con otros hombres. Las creencias religiosas se han extendido, y también han cambiado, por la influencia de otras. Algunas lenguas se han impuesto, pero también se han enriquecido con nuevos vocablos. Junto con el habla, la cosmovisión de todos los involucrados ha ido variando. Nuevas técnicas han sido aprendidas y compartidas. La música ha cruzado con sus instrumentos y sones a otros continentes y otros pueblos.  Los usos culinarios han sido auténticamente revolucionados y un largo etcétera de procesos socio-culturales ha tenido lugar justamente por el contacto materializado a través de los itinerarios.

Ahora, con la racionalidad de una aproximación  científica y mediante la determinación de la verdad histórica, se puede trabajar por la recuperación de valores positivos compartidos, una necesidad evidente en los tiempos actuales en los que las diferencias culturales –en toda la complejidad que este término implica–  están generando graves conflictos entre diversas naciones.

 Al hablar de los contrastes entre los conceptos “itinerario cultural” y “paisaje cultural”, no pretendemos de manera alguna preconizar la superioridad del primero de estos términos sobre el segundo. Este último reviste gran importancia y permite una comprensión funcional de la relación del hombre con la naturaleza. Así, en las Conclusiones del Taller Internacional “Paisajes culturales – los retos de su conservación”  (Ferrara,  Italia, 11-12  de Noviembre de  2002) se destaca que los paisajes culturales “pueden proveer ejemplos clásicos de uso  sostenible  de la  tierra y, con  frecuencia, nichos  con una biodiversidad importante. Además, muchos paisajes culturales contienen importantes reservorios  en diversidad genética entre los cultivos y el ganado en sistemas de uso tradicional de la tierra”. (Centro del Patrimonio Mundial, 2002)

En el mismo sentido, Elías Mujica, uno de los especialistas en el tema de los paisajes culturales en Ibero América, sostiene que Los paisajes culturales reflejan técnicas específicas para el manejo del suelo y el agua, considerando las características y limitaciones de las condiciones naturales en donde se construyeron. Su protección puede contribuir a las técnicas modernas del manejo sostenible del suelo y el agua o a acrecentar los valores naturales del paisaje. (Mujica,   2001)

En anteriores ocasiones hemos tratado sobre la necesidad de desarrollar una estrategia común para un conservacionismo integral, que vertebre las dos grandes líneas, natural y cultural, en una propuesta que pueda ser más exitosa, teniendo en cuenta el deterioro real que hoy sufre el medio ambiente tanto natural como construido (Martorell, 2002). Consideramos que los expertos en paisajes culturales tienen un rol estratégico que jugar en ese proceso, dado que se siguen dando vacíos fácticos evidentes, aunque el tema ha sido analizado inclusive en importantes reuniones internacionales (Como la Conferencia The World Heritage Global Strategy Natural and Cultural Heritage Meeting: Linking Nature and Culture, realizada en Ámsterdam, Holanda, 1998, complementada por la Conferencia Linking Universal and Local Values: Managing a Sustainable Future for World Heritage, Amsterdan, 2003). Sólo a manera de ejemplo, podemos hablar de los desentendimientos entre los responsables de los sectores cultura y naturaleza en un bien emblemático de la Lista del Patrimonio Mundial, Machu Picchu, consagrado justamente como bien mixto. Pero es más: en eventos y cursos en los que hemos tenido la oportunidad de participar, hemos sido testigos de un divorcio y graves divergencias entre los gestores de cada uno de estos campos. El tema no es sólo vigente, sino que exige acciones concretas.

Sin embargo, en el propio evento de Ferrara se arribó a otras conclusiones con las que no nos encontramos en igual concordancia. Así, por ejemplo, nos preocupa que en la “Visión para los próximos 10 años”, en el punto segundo (recogido en World heritage 2002. Shared legacy, common responsibility, World Heritage Center, 2002) se proponga: promover nuevos acercamientos para la cooperación internacional dentro de la Convención, que sostiene a los paisajes culturales (por ejemplo, el Arco Alpino, la Ruta Inca en los Andes, las rutas comerciales del Océano Índico, las rutas de los esclavos, los itinerarios del peregrinaje, paisajes de reconciliación, transferencia de patrimonio de paisajes de una región a otra).

Creemos que resulta claro que nuestra preocupación no se refiere a la parte principal del postulado (promover nuevos acercamientos...), sino a algunos de los ejemplos dados: resulta poco preciso entender como un mismo paisaje cultural a rutas como el Camino de los Incas, pero si pensamos en trazados intercontinentales como los grandes itinerarios comerciales, o el de los esclavos, tales ejemplos lindarían con  una auténtica exageración.

Es evidente que existe un factor ecológico dentro del concepto de “paisaje cultural”, cuya base es necesariamente la acepción de “paisaje”.[6]  Carl Sauer, padre de la geografía cultural en los Estados Unidos, es considerado como el introductor del uso del término, que utilizó en una conferencia suya en 1925. De acuerdo a la doctrina del “determinismo ambiental”, vigente en aquella época, las diferencias culturales eran reflejo de las diferencias ambientales. (Ingerson, 2000).

En lo referente al tratamiento actual del tema, podemos encontrar uno de sus más claros antecedentes teóricos en la llamada “ecología de paisajes”, que es una aproximación a la compresión integral del territorio. La referida corriente científica planteó, para tal objetivo, modelos como el llamado “mancha-corredor-matriz”. ( patch-corridor-matrix model, Forman 1995).[7]

Haines-Young et al (1993), partiendo del concepto de Vink, para quien el paisaje es la esfera donde un rango de procesos están activos, explica que la ecología del paisaje busca entender las formas en las que esos procesos interactúan, y proveer un marco en el cual el impacto humano sobre el ambiente pueda ser entendido[8].

Tratando de explicar los tres términos anteriores, diremos que “mancha” es una unidad territorial y, en este caso, una unidad dentro del paisaje caracterizado por presentar homogeneidad al menos en uno de los atributos de su geósfera. Hay varios términos sinónimos que los  ecólogos paisajistas han usado (ecotopo, biotopo, componente de paisaje, geotopo y hábitat, entre otros). Respecto a su determinación, se sugiere  tener en cuenta que una “mancha” debe ser determinada en función al fenómeno que se pretende investigar o manejar.

Los corredores son “paisajes lineales” que se definen por criterios funcionales o por su estructura. Forman & Godron (1986) los han definido como delgadas franjas de tierra cada uno de cuyos lados difieren de la matriz del otro. Pueden ser franjas aisladas, pero generalmente están relacionadas con una mancha de algún tipo similar de vegetación. Pero más importante que el concepto de corredores propiamente dicho, es su significación como factor de “conectividad”. Para Bridgewater (1993) “conectividad” es un término usado para describir un atributo de la estructura y función de los paisajes, entendidos como mosaicos de manchas unidas por corredores o fronteras de fusión.

Finalmente la matriz está constituida por el elemento del paisaje o mancha más extendida y conectada dentro del mismo. Entendemos que se trata del carácter determinante del paisaje, en torno al que se extienden y explican las manchas y los elementos lineales.

Sin embargo, la evolución conceptual ha dado lugar al concepto de paisajes funcionales[9], concepto trabajado por The Nature Conservancy. Se parte del enfoque de las áreas de conservación funcionales (que) preservan a las especies focales, comunidades naturales y sistemas ecológicos, así como a los procesos ecológicos necesarios para sustentarlos a lago plazo.[10]  Dichas áreas tienen diversas escalas territoriales, que pueden ir desde los paisajes (cuyo fin es conservar un gran número de objetos de conservación en múltiples escalas geográficas) hasta los sitios.

Sobre el paisaje cultural se afirma que pretende conservar un gran número de sistemas ecológicos, comunidades y especies en todas las escalas por debajo de la escala regional (es decir, gruesa, intermedia y local). Además, los objetos de conservación identificados, por lo general representan a muchos otros sistemas ecológicos, comunidades y especies conocidas y desconocidas (es decir “toda la biodiversidad).Los paisajes funcionales son de naturaleza altamente intacta y retienen (o es posible restaurar en ellos) la mayoría o todos sus componentes, patrones y procesos clave. [11]

Desde el punto de vista de extensiones lineales y redes territoriales, resulta interesante referirnos también a la red funcional que el mismo documento define como un conjunto integral de sitios y paisajes funcionales diseñado para conservar especies regionales con o sin biodiversidad a escala más fina. Los sitios o paisajes que forman las redes funcionales pueden distribuirse en forma contigua a lo largo de una o más regiones para proteger especies tales como el caribú, berrendo, oso pardo o jaguar.

De igual modo nos resulta muy ilustrativo resaltar que, según los citados Pojani y Richter , no se excluye, en principio, la actividad humana pero ésta puede influenciar en gran medida la habilidad de dichas áreas para funcionar naturalmente. Esto nos permite hallar un componente cultural que, asociado a la funcionalidad, constituya un paisaje cultural.

Una de las explicaciones que se ha dado, incluso a nivel de las propias Directrices, es que un “itinerario cultural” puede ser entendido como un “paisaje cultural lineal”[12]. Bajo este criterio se hicieron las referencias a grandes itinerarios culturales en la ya comentada reunión de Ferrara. Por ello, incidiremos en este elemento del modelo dentro de la ecología de paisajes y de la perspectiva funcional.

Para los ecólogos, los principales tipos de paisajes lineales en razón de su función, son los que en sí mismos sirven como hábitat de determinadas especies, sea de manera temporal o permanente. Estos corredores incrementan la conectividad del paisaje de una manera pasiva. Otros corredores facilitan el movimiento y traslado de las especies, el flujo de la energía, los nutrientes, etc., entre dos manchas ubicadas en distintos puntos del territorio, incrementando activamente la conectividad del paisaje. También se hace referencia a paisajes lineales que son una fuente de abióticos o bióticos que afectan la matriz de su entorno. Además puede tratarse de elementos lineales que representan una barrera a los flujos antes citados, o un filtro para los mismos, permitiendo que sólo determinadas especies o elementos los traspasen.  Otra figura de extensión territorial está representada por las redes funcionales a las que ya nos referimos.

Como se puede apreciar de la sucinta referencia anterior, los elementos lineales se entienden en función y en relación con los otros elementos de determinado sistema ecológico, constitutivos de un paisaje. Pueden tener una extensión territorialmente mayor o menor, pero siempre en torno a un ecosistema en funcionamiento que da forma a determinado paisaje. O, si estamos en una escala territorial mayor , como la planificación ecorregional... debemos determinar si existen oportunidades para conservar sistemas ecológicos, comunidades o especies de alta calidad en escalas adicionales a las que originalmente nos enfocamos.[13] Tienen que ver con el flujo de los elementos que permiten que las ecuaciones de la vida se reproduzcan y mantengan, o con procesos que alteran dichas ecuaciones y cuya comprensión es necesaria para la búsqueda de un funcionamiento adecuado del medio ambiente.

El caso es que inclusive existe la posibilidad de entender una obra netamente humana como paisaje lineal. Bridgewater (1987) propuso los términos “ecolínea”, para referirse a cualquier corredor, natural o de otro tipo; y “geolínea”, para evocar los corredores de nivel continental.

Lavers & Haines-Young (1993) se refieren al interés que desde la ecología se ha prestado a los elementos lineales de construcción humana, dentro de los cuales dan ejemplos como los setos, las carreteras o las líneas de transmisión de energía. Esto se explica, por ejemplo, en la medida en que La construcción de un corredor en el paisaje puede generar una reestructuración de las comunidades de aves que utilizan el mosaico. El corredor agrega un tipo de hábitat al mosaico y crea ecotonos.  Estos autores citan ejemplos positivos y negativos resultantes de la adición de elementos antropogénicos a los propios del paisaje.

¿Quiere lo anterior decir que los “itinerarios culturales” pueden entenderse propiamente como elementos conformantes de los “paisajes culturales”?. Nuestra respuesta sigue siendo negativa. Todo elemento adicionado a un ecosistema genera cambios en el mismo. Eso es cierto. Pero los paisajes propiamente entendidos tienen una explicación ecológica en su propia funcionalidad. Una realidad ecológica, en la que se debe insertar el componente de la obra humana.  Así parecen entenderlo también Brown y Mitchell (2000) para quienes Todo país tiene paisajes que han sido  configurados por las acciones entre el hombre y la naturaleza a través de tiempo. Estos paisajes son ricos en patrones tradicionales de uso de la tierra que han contribuido a la biodiversidad y otros valores naturales,  demostrando sostenibilidad durante siglos, y son ejemplos vivos de patrimonio cultural. En la medida en que los países a lo largo del mundo tienden a expandir y fortalecer sus áreas naturales protegidas, se debe prestar mayor atención a la protección de los lugares del paisaje donde la gente vive y trabaja.

En cuanto aplicamos el concepto de “paisaje cultural” en un intento de entender la influencia mutua entre el hombre y la naturaleza para moldear un territorio[14], incidiendo en factores como la biodiversidad o los patrones tradicionales adecuados a un medio natural determinado, éste florece en toda su riqueza. Creemos que se debe tener presente la escala en la que la influencia humana ha incidido de manera determinante en un espacio natural. Se nos dirá que tal influencia es de proporción mundial, contra lo cual no podemos plantear una negativa, sino pedir la necesaria relativización. De lo contrario nos veríamos obligados a hablar de un solo paisaje cultural de escala global.[15]

Tratemos de plantear ejemplos que ilustren nuestro postulado anterior: una carretera (para tomar el caso de una obra netamente humana) genera una relación  conectividad/frontera entre territorios. Se trata de un elemento adicionado al medio natural y, por ende, lo transforma.  De acuerdo a su extensión, dicha carretera ejercerá diversas influencias sobre la geografía. Podrá, por ejemplo, implicar cambios en el flujo de las aguas de un río, al atravesarlo mediante un puente. En determinados puntos, sumada esta obra a otras de traza humana, generará probablemente un “paisaje cultural”. Pero, ¿podríamos explicar como “paisaje cultural” una tesela de territorio con muy poco componente resultante del trabajo humano, por el simple hecho de que lo atraviesa dicha carretera?. O, más aún: ¿podríamos calificar la carretera en sí misma como un “paisaje cultural”?. Recordemos que para hablar con propiedad de un paisaje lineal requerimos explicar su funcionalidad ecológica.

Obviamente, no se trata de una incidencia mayor sobre el territorio como la que genera, por ejemplo, una estructura de terrazas agrícolas. La relación hombre-naturaleza en un paisaje determinado se entiende en toda su riqueza por determinadas obras como las de cultivo, formas de construcción adecuadas a las condiciones y materiales del medio, etc. Entonces, el factor cultural imprime una característica fundamental al ambiente. Allí surge un “paisaje cultural” propiamente dicho.

Seguimos tratando de ejemplificar lo afirmado: un tramo de los llamados Caminos del Inca, en su cruce por la Cordillera de los Andes, a una altitud que en algún caso se acerca a los 5,000 m.s.n.m. ¿Constituye un paisaje cultural?. La vida humana estable a esa altura no es viable, está limitadísima si es que se da, la intervención del hombre sobre el ambiente es mínima. La respuesta lógica parece negativa. Pero nos surge otra pregunta a formular: ¿Significa eso que ese tramo de los Caminos del Inca, carece de importancia cultural?. La respuesta es igualmente negativa, y nos puede ayudar a encontrar más luces: la importancia cultural de ese tramo de los Caminos del Inca es vital para entender la integridad de esa vía de comunicación que fue la columna vertebral del proyecto estatal incaico. Eso resultará claramente comprensible si lo enfocamos como itinerario cultural.

Por otra parte, si se calificara como “paisajes culturales” a las vías de comunicación humana se estaría enfocando de una manera muy pobre a estos elementos de “conectividad cultural”  caracterizad(os) por tener su propia y específica dinámica y funcionalidad histórica, manifiesta en intercambios continuos multi-dimensionales y recíprocos de personas bienes, ideas, conocimientos y valores en el interior de un país o entre varios países y regiones durante un periodo significativo de tiempo, como declaran las ya citadas conclusiones adoptadas en la reunión de expertos de Madrid (2003).

El argumento de que así como un paisaje natural lineal genera un flujo de bióticos y abióticos, un paisaje cultural lineal genera un flujo de carácter cultural, sigue resultando un intento sumamente forzado. Obviamente, la movilidad de los elementos naturales responde a las leyes de la propia naturaleza. Los “flujos” humanos, empero, son mucho más complejos. Estamos hablando de valores, de maneras de entender el mundo, de voluntades, criterios y muchos otros factores de carácter psicológico, anímico, social, cultural, etc., que serán muy difícilmente entendidos en términos similares a los aplicables a la naturaleza. Por lo tanto, requerimos un término que asuma la esencia cultural del fenómeno de movilidad humana en torno a una determinada ruta. Creemos que “itinerario cultural” es una acuñación sumamente adecuado para explicar el fenómeno que pretendemos explicar.

Queremos ahondar aún más en lo expresado en las líneas precedentes, para lo que regresamos a la cita que nos sirve de guía: los itinerarios culturales generan una inter-fecundación de las culturas en el tiempo y en el espacio, lo que se refleja tanto en su patrimonio tangible como intangible.

Si hablamos de inter-fecundación, de intercambios multi-dimensionales, etc., estamos indudablemente ante un fenómeno de gran importancia. Fenómeno cuyos alcances no se entenderían en su plenitud bajo el concepto “paisaje cultural”. Inclusive en el hipotético caso de que un itinerario cultural coincidiera con un conjunto de ecosistemas muy interrelacionados, pese a ser diferentes y que, por tanto, formen parte un mismo paisaje cultural complejo, sus alcances como tal no explicarían la inter-fecundación espiritual entre los pueblos ni las manifestaciones materiales e inmateriales resultantes. Creemos que en esa hipótesis una aproximación al análisis del Patrimonio Cultural de los pueblos interconectados será mucho más rica si la hacemos pensando que estamos frente a un fenómeno esencialmente humano cuya clave está en la comunicación, el contacto y el intercambio, y cuya materialidad se halla en el trazado mismo de la vía de comunicación utilizada para tal fin.

Lo anterior nos lleva a una deducción lógica fundamental: hay, además de todas las ya expuestas, otra gran diferencia que reside en el origen mismo de los bienes culturales frente a los que nos hallamos. Un paisaje cultural nos habla de un medio natural frente al que el hombre ha desarrollado una obra con el objetivo de incidir en su morfología con diversas finalidades prácticas como hacer el suelo más productivo, adecuar el medio a la vida humana, embellecerlo, etc. Un itinerario cultural, en cambio, nos habla básicamente de una obra humana cuya esencia es la comunicación, el traslado de hombres y bienes, con todo lo que ello implica. Cuando el ser humano traza un itinerario cultural no lo hace con la intención manifiesta de incidir en el medio ambiente más que en aquello que le permita atravesarlo para llegar al destino deseado, que puede estar muy distante de su punto de partida. En medio de ese recorrido, ha adecuado también algunos puntos para su descanso y aprovisionamiento, para el control del camino, e inclusive ha establecido ciudades o núcleos dentro de la ruta. Pero también ha cruzado espacios en los que no pensaba de manera alguna establecerse.

Algunas de las obras humanas surgidas por el peregrinar de un punto a otro, revestirán características notables que puedan permitir su calificación como bienes culturales en sí mismas. Por ello cabe afirmar que un itinerario cultural puede ser el nexo de diversos tipos de bienes culturales: poblados históricos, fortalezas, postas, paisajes culturales, etc.

Trataremos, a continuación, de plantear algunos breves estudios casuísticos, utilizando para ello ejemplos de algunos itinerarios culturales de especial importancia.

Veamos, en primer lugar, el Camino de Santiago, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en 1993 (en su recorrido por España) y 1998 (en su recorrido por Francia). UNESCO, en las Descripciones Breves de los Sitios del Patrimonio Mundial, dice en lo relativo al camino español: Esta Ruta desde la frontera franco-española fue –y aún es- usada por los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Alrededor de 1800 construcciones a lo largo de la ruta, tanto de carácter religioso como seculares, tienen un gran interés. La ruta jugó un papel fundamental motivando los intercambios culturales entre la Península Ibérica y el resto de Europa durante la Edad Media. Constituye un testimonio del poder de la fe Cristiana entre personas de todas las clases sociales de toda Europa.*

 En cuanto al camino francés, dice: Santiago de Compostela  fue el objetivo supremo para miles de piadosos peregrinos que convergían allí desde toda Europa a lo largo de toda la Edad Media. Para alcanzar España los peregrinos cruzaban Francia, y el grupo de importantes monumentos históricos incluidos en esta inscripción indica las cuatro rutas que usaron para este tránsito.**

Se trata, como vemos, de un fenómeno religioso y cultural, el cual determinó un extenso recorrido geográfico. Sobre esa base histórica, y no sobre criterios paisajísticos, el Comité del Patrimonio Mundial, en su 17ª y 22ª [16] Sesión Ordinaria (respectivamente para el Camino en España y Francia), declaró este itinerario.

Si nos referimos a una ruta como la de los llamados “Caminos del Inca” en América del Sur, veremos que su extensión y diversidad de espacios implican muchos elementos, entre ellos paisajes, algunos de los cuales contienen valores altamente representativos.  Partiendo de la ciudad del Cuzco hacia los cuatro suyos o puntos cardinales, esta red se extendió hasta tierras de los actuales Ecuador y Colombia, Bolivia, Argentina, Chile y la Amazonía Peruana.

Esta ruta implica, por lo tanto, realidades ecológicas que presentan grandes diferencias entre sí. Incluye ciudades, como Cuzco, Quito, etc., valles interandinos, cruces por la Cordillera de los Andes,  zonas tropicales y desérticas áreas costeras. Por las características de su trazado, los caminos incaicos suelen tener recorridos espectaculares y únicos. Sus constructores retaron la naturaleza al preferir, por razones de seguridad, control y defensa, un recorrido al borde de profundos abismos. Seguramente podemos hallar muchos paisajes culturales notables a lo largo del camino incaico.

Pero la ruta incaica[17] es mucho más que un conjunto de paisajes culturales, o de ciudades y poblados históricos, o de zonas agrícolas, puntos de abastecimiento, fortificaciones militares, lugares sagrados, vistas espectaculares, etc. Como explica el arqueólogo peruano Luis Guillermo Lumbreras[18], el Camino de los Incas es la columna vertebral de un proyecto administrativo y político que permitió un alto nivel de desarrollo de los pueblos ubicados a lo largo de su recorrido, en un sistema tal que el hombre andino de aquella época no conoció la carencia de alimentos. Si se pretende explicar un fenómeno socio-cultural tan complejo como el mencionado como “paisaje cultural”, se incurrirá en graves falencias.

Tampoco resultaría viable esta calificación pensando en la propia estructura física de la ruta. No se trata de un “elemento lineal continuo”. Partiendo de un núcleo que estaba ubicado en la actual Plaza de San Francisco del Cuzco, los tramos se extendían hacia los cuatro puntos cardinales. Ese trazado se debe a que, como tantas veces se ha dicho, estamos frente a un hecho cuya esencia es cultural. Se trata de atender una necesidad de comunicación y control, de administración del territorio, partiendo como es lógico del corazón del llamado Imperio de los Incas. Los resultados de la expansión del dominio incaico y su sistema de comunicación se pueden encontrar incluso en nuestros días en todo el espacio geográfico hasta el que se extendieron.

Pasando a una escala intercontinental, resulta sumamente claro que estamos ante diferencias geológicas y naturales aun mayores. En el caso del llamado “Camino Real Español”, se trata de un recorrido que naciendo en Madrid pasa, entre otros puntos de su ruta marítima por islas como las Canarias, Cuba, Santo Domingo, para luego extenderse hasta lo que es el sur de los actuales Estados Unidos de Norte América hasta el extremo sur de Chile y Argentina, en el continente americano, y hasta las Islas Filipinas y Taiwán, con ramificaciones comerciales en China continental y otros lugares de Asia.

Nuevamente podríamos hablar del control y gestión de un territorio, esta vez mucho mayor. El corazón administrativo del mismo estuvo representado en una instancia de gestión en la ciudad de Sevilla “la Gran Babilonia de América” (CEHOPU, 1998) y en Madrid, si pensamos en la sede Real desde los tiempos de Felipe II.

En este caso el trazado es mucho más complejo y responde a muchos factores sobre los que no queremos extendernos. Pero para dar una idea mayor de este itinerario, indicaremos que implica las rutas marítimas conocidas como la “Carrera de Indias”, (entre España y la sección central de América, con puertos principales en Santo Domingo y Cuba), la Flota de Tierra Firme (hacia el Virreinato de la Nueva España, hoy México), la Flota de la Mar del Sur (hacia Cartagena de Indias y Lima, capital del Virreinato del Perú), y un recorrido terrestre que alcanzaba desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta el extremo norte de Chile y Argentina. Además, entre Veracruz y Manila, se desarrollaba el recorrido del llamado “Galeón de Manila” o “Nao de la China”.

¿Podría entenderse todo este diseño que responde a una visión política y administrativa de la época como un paisaje cultural?.

Lo cierto es que el postulado científico que busca incorporar la categoría “itinerario cultural” en la doctrina y normatividad relativa a la conservación, se viene imponiendo progresivamente.

Así, durante la 27ª Sesión del Comité del Patrimonio Mundial (París, 30 de junio-5 de julio de 2003), se ha avanzado significativamente en ese sentido al aprobar la Resolución 27COM 8C. que declara la Quebrada de Humahuaca, (bien ubicado en Argentina), en la Lista del Patrimonio Mundial como Itinerario Cultural, siguiendo no sólo el espíritu de la postulación presentada por el Estado Parte, sino el informe de ICOMOS como organismo consultor.  Cabe destacar además los comentarios de algunos representantes de Estados miembros del referido Comité, quienes destacaron la importancia de esta categoría de bienes.

Paisajes e itinerarios culturales en el borrador de texto modificado de las Directrices para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial.

El Anexo 4 de las Directrices trata sobre cuatro categorías de bienes: paisajes culturales, poblados, canales y rutas o itinerarios culturales. Sería un indicador positivo sobre la independencia de estas 4 categorías entre sí, el hecho que se les dedican subtítulos y numerales separados a cada uno de ellos. Sin embargo, como veremos, en la redacción misma se mantiene la subordinación de los itinerarios en relación a los paisajes.

Nos referiremos únicamente a estos dos conceptos sobre los que venimos tratando.

En la definición contenida en el numeral 7 del Anexo 4 se dice, respecto a los paisajes culturales que representan los “trabajos combinados del hombre y la naturaleza” que se designan en el Artículo 1º de la Convención, criterio con el que nos hallamos plenamente de acuerdo. El concepto sigue incidiendo en la importancia del factor natural, pues se afirma que estos bienes son ilustrativos de la evolución de la sociedad humana y su establecimiento en el espacio físico a lo largo del tiempo bajo la influencia de las limitaciones físicas y/o oportunidades existentes en razón de su medio natural, y sucesivas fuerzas culturales, tanto externas como internas.[19]

Pero hay un elemento aún más claro que debería contribuir a una definición precisa de las escalas de los paisajes culturales. Cuando se trata sobre la selección de esta clase de bienes, el mismo artículo 7 indica que: Deberían seleccionarse sobre la base de sus valores universales y su representatividad para una REGIÓN GEO-CULTURAL CLARAMENTE DEFINIDA, y también por su capacidad de ilustrar los elementos culturales esenciales y distintivos de dicha región.*

El numeral 9 del Anexo 4 se refiere a que los paisajes culturales frecuentemente son resultado del uso de técnicas específicas de uso sostenible de la tierra, considerando las características y limites del medio natural en el que están establecidos, y una relación espiritual específica con la naturaleza.**

En el numeral 10 se desarrollan tres categorías fundamentales de paisaje cultural, las cuales se corresponden con las ya consagradas en el texto actual de las Directrices.

La primera de esas categorías trata acerca de los paisajes cuyo diseño y creación son intencionalmente humanos. Se trata de los jardines y parques que han sido resultado de la obra humana. Se les considera paisajes porque se trata de espacios conformados no únicamente por las obras humanas, sino que contienen seres de origen natural (p.ej. especies de árboles y flores), a los que se agregan muchos componentes estéticos como las esculturas. Se trata de un diseño espacial con elementos vivos y, por ende, su tratamiento responderá a los ciclos de vida de las especies que lo constituyen. Así lo han entendido los expertos que en 1981 elaboraron la Carta de Florencia sobre los Jardines Históricos. Dicho documento define al jardín histórico como una composición arquitectónica y hortícola de interés por su importancia histórica o artística. Idea que  queda reforzada cuando en el mismo texto se agrega que se trata de una composición arquitectónica cuyo principal componente es vegetal, es decir, vivo, perecedero y renovable.(ICOMOS, 1981).

La propuesta de incluir en esta clase de bienes obras únicamente humanas, sin contenidos de origen natural, nos parece inadecuada. Sin lugar a dudas hay creaciones humanas con valores estéticos, conmemorativos, etc., que pueden ser calificadas como bienes culturales. Pero nos parece que al pretender calificarlas como “paisajes culturales”, se fuerza innecesariamente el término.

Un segundo tipo corresponde a los paisajes orgánicamente desarrollados. Se dan en asociación y como respuesta al medio ambiente natural, siendo resultado de éste y de un imperativo social, económico, administrativo o religioso. Estos intereses humanos generan un proceso de evolución que conforma las características del paisaje. A su vez se puede tratar de paisajes relícticos o fósiles, en los que el proceso de evolución se ha detenido; o de paisajes evolutivos, que mantienen un papel social activo en las sociedades contemporáneas, pero están relacionados con las formas tradicionales de vida. La evolución de los mismos continúa.

La última de las categorías en las Directrices analizadas corresponde a los “paisajes culturales asociativos”. Estos son espacios naturales en los que hay una presencia poderosa de una actividad humana de carácter religioso, artístico o cultural relacionada con los bienes naturales. Puede tratarse de un medio en el que la obra humana sea mínima o incluso no presente evidencias. Se trata entonces de un valor cultural intangible que el hombre atribuye a un paisaje esencialmente natural.

En los numerales 11, 12 y 13 (los últimos relativos a paisajes culturales) se establecen los criterios para la inclusión de estos bienes en la Lista del Patrimonio Mundial. Un principio fundamental es que la extensión de la declaración deberá hacerse teniendo en cuenta la “funcionalidad e inteligibilidad” del paisaje. A ello se agrega que la extensión a ser declarada debe ser sustancialmente representativa del paisaje en su conjunto.

A renglón seguido se hace un agregado que, desde nuestro punto de vista, desvirtúa el planteamiento del tema -que hasta ese momento resultaba sumamente correcto- y entra en contradicciones incluso con los propios contenidos iniciales del texto que venimos analizando. Se afirma que No debería excluirse la posibilidad de designar largas áreas lineales que representen redes de comunicación y transporte culturalmente significativas.

Las redes de comunicación y transporte son “itinerarios culturales” y no “paisajes culturales”. Si aplicamos cada uno de los criterios que el propio anexo 4 comentado ha considerado para determinar los paisajes culturales, concluiremos indubitablemente que el concepto no se corresponde. La reunión de Madrid, del CIIC, propuso la eliminación de la última frase citada como una de las medidas fundamentales.

A partir del numeral 20 del Anexo 4, se desarrolla el tema de los Rutas Patrimoniales[20].

Los numerales 21 y 22 contienen una definición incompleta e imprecisa de itinerarios culturales. Se afirma que se trata de un concepto que muestra riqueza y fertilidad, que ofrece un marco privilegiado para el entendimiento, un acercamiento plural a la historia y una cultura de paz. A ello se agrega que un itinerario está compuesto de elementos tangibles cuya significatividad proviene de los intercambios y el diálogo multidimensional entre países y regiones. Como se puede apreciar, el listado de todas estas características verdaderamente contenidas de un itinerario cultural, no constituyen una definición técnica del tema, como la que deben contener las Directrices.

En el numeral 23 se hace referencia a los factores que se deberían valorar para declarar un itinerario en la Lista del Patrimonio Mundial. Entre dichos factores se vuelve a hacer una afirmación que resulta contradictoria inclusive con la distinción que se hace al separar el tema de los paisajes culturales (numerales 7 al 13 del Anexo 4) del de los itinerarios (numerales 20 al 23 del Anexo 4). El numeral 23, ítem c, dice textualmente: Una ruta patrimonial debe ser considerada como un tipo específico y dinámico de paisaje cultural.

En el cuadro siguiente resumimos las razones por las que sostenemos la independencia conceptual de los itinerarios culturales y los paisajes culturales:

 

 

Paisaje Cultural

Itinerario Cultural

Por su origen

La obra humana está determinada por un marco natural e incide en sus características fundamentales.

El itinerario cultural es una obra netamente humana diseñada como medio de comunicación y de transporte.

Por su esencia

Pone en evidencia (y es resultado de) la relación entre el hombre y un medio natural dado.

Es medio y testimonio de complejas relaciones de comunicación e intercambio entre grupos culturales distantes.

Por su función

Explica el funcionamiento ecológico-cultural de un ambiente dado o de un grupo de paisajes funcionalmente relacionados, en el que inclusive el componente humano se entiende en función de su grado de incidencia con el medio natural.

El itinerario cultural es una vía de comunicación histórica.

Por su extensión

Aún en el caso de los elementos lineales, los paisajes culturales se entenderán en torno a un ecosistema. Si relacionamos el elemento cultural al concepto de paisajes funcionales, la escala puede abarcar varios ecosistemas, comunidades y especies pero teniendo en cuenta que mantienen la mayoría de componentes, patrones y procesos clave ecológicamente.

La extensión de la ruta cultural está definida por sus alcances históricamente determinados, independientemente de límites naturales

Por su estructura

Se debe entender en torno a un modelo como el “mancha-corredor-matriz”, incluyendo el elemento cultural en su interior. En el caso de un paisaje lineal o corredor, la conectividad natural es fundamental. Desde el punto de vista funcional, se deben evaluar criterios como los referidos de Composición y estructura de los objetos de conservación; regímenes ambientales y disturbios naturales, área dinámica mínima; y conectividad

La estructura de los itinerarios culturales responde a múltiples diseños de vía de comunicación. El elenco de bienes patrimoniales de diversa naturaleza que conforma los itinerarios culturales ha sido creado por interacciones o intensas relaciones, las cuales han producido distintas configuraciones estructurales de los itinerarios, como las de carácter lineal, cinturones, corredores, formas de cruz, redes, etc. (Ver  CIIC, 1999)

Por su importancia

Siendo conceptos igualmente importantes, los paisajes culturales son ideales para explicar la relación del hombre con la naturaleza

Los itinerarios culturales son importantes para entender las relaciones, intercambios e interinfluencias entre dos o más grupos culturales unidos por la vía cultural establecida. Desde el punto de vista de la comprensión del patrimonio cultural que tenga raíces e influencias compartidas, resulta un término fundamental.

Por los elementos que lo conforman

Su elemento fundamental es un medio natural ecológicamente determinado.

En ese marco se circunscriben las obras humanas, que principalmente inciden sobre sus características.

El elemento fundamental es la vía de comunicación en sí misma. A lo largo de su trazado pueden encontrarse muchas otras manifestaciones patrimoniales relacionadas con el camino y su funcionalidad: postas, lugares de almacenaje, puertos, construcciones defensivas, núcleos urbanos, paisajes culturales, etc.

Por su estudio

Los elementos fundamentales para entender el paisaje cultural serán sus características ecológicas y el grado de influencia de la intervención humana sobre las mismas*. Serán importantes elementos como obras de irrigación, construcciones, centros rituales relacionados con el valor del sitio, etc; en especial los elementos relativos a la utilización del medio, su transformación, su protección, etc.

Los elementos fundamentales para entender un itinerario cultural serán: la ruta física en sí misma, los bienes asociados a su funcionalidad, las manifestaciones patrimoniales tangibles e intangibles relacionadas con el proceso de comunicación y diálogo entre los pueblos involucrados, etc.

  Serán determinantes indicadores como la biodiversidad, la presencia de especies en peligro, los flujos de bióticos y abióticos y sus cambios, la incidencia del hombre en dichos cambios, la incidencia de la crianza de animales domésticos, los patrones tradicionales de uso de suelos, las actividades tradicionales, los materiales y tipos de construcción tradicionales, el régimen de aguas, etc.   Entre los indicadores fundamentales estarán: la estructura de la red viaria y su sustrato material, los datos históricos de su uso, la existencia de manifestaciones culturales de origen compartido a lo largo (o en puntos dados) de la vía, las construcciones asociadas a la funcionalidad del camino, los usos lingüísticos, culinarios, etc., comunes, la inter-influencia en actividades como la música,  los elementos de comunicación, etc.

Por su dinámica

La dinámica propia de un paisaje cultural debe entenderse en torno a las ecuaciones de vida que se producen al interior de un ecosistema con una matriz dada o ecosistemas funcionalmente conectados. La obra humana incide en dichas ecuaciones. Un ecosistema (o un conjunto funcional de ellos) tiene fronteras naturales, en cuanto los elementos de la matriz dejen de ser preponderantes en el territorio o los elementos de conectividad funcional no operen. Responde a leyes naturales, y a la influencia humana sobre ellos.

Su dinámica está dada por el trasiego humano y de bienes a través suyo. Se determina y delimita mediante la investigación histórica de ese proceso. Aun cuando las condiciones ambientales influyan  de manera importante en determinadas rutas (p. ej. los propios de la navegación a vela) la dinámica del camino no responde a leyes naturales sino a procesos e intereses netamente humanos, por ende comprensibles sólo como fenómenos culturales.


 

 

Cultural landscape

Cultural route

By their origin:

 

The work of man is determined by a natural environment and influences its basic features.

 

 

A cultural route is a clear work of man designed as a means of communication and transport.

 

 

 

By their essence:

 

Reveals (and is the result of) the relationship between man and a given natural environment.

 

 

 

It is a means and a testimony to the complex relations of communication and exchange between distant cultural groups.

 

 

 

By their  function :

 

Explains the ecological and cultural functioning of a given environment or of a group of functionally relationed lanscapes, in which even the human component is understood in terms of the degree of its impact on the natural environment.

 

A cultural route is a historic route of communication.

 

 

 

By their extent:

 

Even in the case of linear elements, cultural landscapes are understood within the context of an ecosystem. If we connect the cultural component to the concept of landscapes functionally linked, it is possible to include more than one ecosystem, living communities and species. However it must be taken into account that they share ecologically key elements, paths and processes.

 

 

The extent of a cultural route is defined by historically determined limits, which are independent of natural boundaries.

 

 

By their structure:

 

 

It should be understood in terms of a model such as the “patch-corridor-matrix” model, including the cultural element in its interior. In the case of a linear landscape or corridor, natural connectivity is essential. From the functional point of view, factors like composition and structure, environmental system and minimal dynamic area must be evaluated.

 

The structure of cultural routes conforms to multiple designs of a communication route. The collection of heritage properties of diverse nature making up cultural routes was created by interactions and intense relationships, which have produced different structural configurations of the routes, such as linear, belts, corridors, cross shapes, networks, etc. (See CIIC, 1999)

 

By their importance:

 

 

Although both concepts are equally important, cultural landscape’s concept is key to explain the relationship of man to nature